Animales de compañía

Amado Gilbert

Viernes, 10 de octubre 2025, 11:00

Aunque reeditado con profusión durante los últimos años, Gilbert Keith Chesterton sigue corriendo el riesgo de ser un escritor malinterpretado. Pues el rescate 'literario' que de él se ha hecho es en gran medida el que conviene a la curiosidad diletante del mundo, que nos presenta a un Chesterton devoto de las formas más juguetonas y paradójicas de la inteligencia, clarividente biógrafo de literatos insignes, rendido admirador de las intrigas detectivescas; y, mientras se exalta a este Chesterton exquisitamente hemipléjico, se nos escamotea al paladín de la ortodoxia, al polemista moral, al refutador incansable de todas las herejías modernas, al divulgador gozosamente empeñado en enseñar el catecismo a los hombres de su generación. A Chesterton no conviene leerlo en 'antologías' que con frecuencia lo desfiguran, sino en las obras íntegras que entregó a la imprenta.

A Chesterton no conviene leerlo en 'antologías' que suelen desfigurarlo, sino en las obras íntegras que entregó a la imprenta

En una época en la que triunfaban el modernismo religioso, el positivismo, el darwinismo y tantas otras filosofías falsas, en volandas siempre de una visión ' ... progresista' del hombre y de la historia, Chesterton ataca la idea misma de progreso, que con la excusa de elevar al hombre lo impulsa hacia un vacío sin asideros. «Quizá sería injusto –escribió Chesterton– decir que el hombre moderno sólo trata de pensar; o, en otras palabras, que sólo hace un esfuerzo desesperado por pensar. Pero sería cierto decir que el hombre moderno, con frecuencia, sólo ensaya o intenta llegar a una conclusión. En cambio, el hombre medieval creía que no merecía la pena pensar si no podía llegar a una conclusión». ¿No está lanzando Chesterton aquí, en unas pocas líneas, una refutación completa de todo el pensamiento moderno, cuya principal aspiración es arrebatar al hombre todas las certezas y arrojarlo a un mar de dudas? En Chesterton es constante el esfuerzo por mostrar al lector que toda filosofía que carece de tesis es puro diletantismo, o un mero intento de arrojar al hombre hacia el caos. Y también es constante su afán por demostrar que la recuperación de la tradición no es, como pretende el moderno, la vuelta a un pasado de oscurantismo, sino el único modo de aclarar nuestro futuro: «La verdadera objeción a ciertas novedades no es la novedad –escribe–. Se trata de algo que la mayoría de la gente no asocia con la novedad, sino más bien con lo que podría llamarse estrechez. Algo que hace fijarse la mente a una moda hasta olvidarse de que es una moda. Y esa clase de novedad estrecha la mente no sólo por hacerla olvidar el pasado, sino también por hacerla olvidar el futuro».

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Escritor y premio Planeta en 1997

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