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Mi hermosa lavandería

Sobrevivir

Isabel Coixet

El padre de Marx le dijo que el tiempo que pasaba escribiendo El capital lo podía emplear en acumular uno. Lo cual le hubiera sido imposible a Marx porque estaba por otra labor, la de liberar a los trabajadores de un sistema que los oprimía.

Mi padre trabajó 40 años en la Fecsa, Fuerzas Eléctricas de Catalunya. Empezó a los 14 años y terminó a los 54. Su padre, mi abuelo, también había trabajado allí, murió de una pulmonía cuando mi padre tenía 13 años y la compensación para su viuda y su hijo fue un puesto de trabajo en la compañía. Hay una foto del primer día de trabajo de mi padre, adolescente, cadavérico, vestido con un mono que le sobra por todos lados, rodeado de hombres de la edad de su difunto padre. Mi padre, con cara de niño perdido, intenta sonreír, los compañeros ríen y hacen gestos a la cámara, como si quisieran darle la bienvenida a ese mundo de torres eléctricas, horas extras, turnos interminables, sábados trabajando, a ese mundo de hombres.

Cuando me enfadaba con mi padre, recordaba esa foto y se me pasaba el enfado. ¿Cómo enfadarse con un hombre que sólo conoció el hambre, la miseria, la incertidumbre y debió crecer de golpe para sobrevivir?

Cuando me enfadaba con mi padre, recordaba esa foto y se me pasaba el enfado. ¿Cómo enfadarse con un hombre que nació en 1932 y sólo conoció el hambre, la miseria, la incertidumbre y tuvo que crecer de golpe para sobrevivir? Había otras cosas que me irritaban de él: que comía mucho y muy despacio, y cuando yo le decía «qué lento eres», indefectiblemente me contaba cuando de niño, después de dos días sin comer, alguien les dio a mi abuela y a él medio pollo y, del ansia que tenía, se lo comió en dos bocados y lo vomitó. Y yo acababa la historia con un bostezo, hasta la próxima vez que volvía a contármela.

En todas las comidas familiares salían historias del hambre: de cuando tuvieron que comer pieles de naranjas, o algo que igual era gato o nabos durante días. Los cuentos que nos contaba también tenían que ver con eso: eran siempre historias de viajes a lugares paradisíacos llenos de helados y golosinas, Jaujas donde podías entrar en cualquier tienda y llevarte todo lo que quisieras en grandes capachos por si no te cabía en los bolsillos. A mi padre le encantaban las mesas llenas, invitar a gente; su lema era siempre: «Más vale que sobre». Los buffets libres eran el colmo de la felicidad para él: podía pasarse el rato embelesado mirando los surtidos de entremeses y platos calientes y postres. Y luego lo contaba con todo lujo de detalles: «¡Había langostinos! y… hasta ostras».

Era feliz también en los hipermercados: aquella acumulación de mayonesas y mostazas y cajas de cereales le ponía de un humor excelente. Como si todos aquellos estantes llenos a rebosar fueran el parapeto perfecto para esa otra guerra que siempre temió que volviera. Se volvía magnánimo y me permitía añadir al carrito cajas de rotuladores. Yo siempre cogía los más baratos y él me acompañaba otra vez a la estantería: «¿No preferirías estos otros?». A mí me entraba una parálisis tremenda mirando los precios sin saber qué hacer hasta que él decidía comprarme los caros. Yo siempre temía coger los caros, porque era dolorosamente consciente de que aquellos rotuladores equivalían a una hora extra de mi padre en la compañía. Y esa hora ya nada ni nadie se la van nunca a devolver.

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