Anne Wiazemsky, en Jeune fille (Gallimard, 2007), novela que recorre el rodaje de Au hasard Balthazar (1966), recuerda en tono lúdico el 'juego perverso' que el director Robert Bresson, de 64 años, probablemente uno de los más venerados de la historia del cine, estableció con la adolescente de 17 años que ella era entonces. Incluso antes de filmar, Bresson la va envolviendo en una sutil pero inequívoca tela de araña: le elige la ropa, la hace cambiarse delante de él, se burla de sus reparos, la llama con mil pretextos para, en realidad, poner a prueba su resistencia, la lleva a cafés, al cine, donde, en la oscuridad, acaricia sus manos, sus brazos. Bresson la ve como una ingenua dispuesta a ofrecerse, se toma en serio su 'trabajo' de Pigmalión y ve este descubrimiento como una oportunidad para seducirla, sin entender que ella, admirándolo profundamente, rechace sus avances y prefiera fijarse en chicos de su edad.
«Desde el principio yo era de su exclusiva propiedad. No debía dirigirle la palabra a nadie más que a él», escribió. En el set, ... el hombre, relativamente tierno, se convierte en un tirano. Él intenta besarla en incontables ocasiones, ella lo empuja, él se enfada, se pasa días sin hablarle, vuelve a la carga. La aleja, la obliga a repetir una escena, una, dos, quince veces, treinta veces, nunca es suficiente. ¿Por qué la estaba castigando? Ella lo sabe muy bien.
Las palabras de hoy calificarían esta conducta como 'acoso'. Los rodajes de Bresson han sido descritos con gran detalle en incontables estudios, artículos y libros de recuerdos sin que jamás se haya tenido en cuenta el sufrimiento de sus actrices, corroborado por todos los equipos técnicos que trabajaron con él y que en ocasiones tuvieron que intervenir para proteger a esas actrices de la ira del director.
Este sistema que se ha perpetuado durante décadas ha destruido a muchas jóvenes. Empezando por Lolita, cuyo trágico destino todos parecen haber olvidado. Spoiler: ella muere. Como si Nabokov hubiera sabido que, después de eso, ya no sería posible una vida. Sue Lyon, la intérprete de Lolita en la película de Kubrick, declaró amargamente en 1997: «Lolita me expuso a trampas que ninguna niña de esa edad debería afrontar. Desafío a cualquier niña de 14 años que se convierta en el centro de atención como objeto sexual a valerse por sí misma».
Muchas de estas jóvenes, desanimadas, han tirado la toalla, abandonando su pasión y su carrera. Son muchas las que han sufrido anorexia, bulimia, alcoholismo, exceso de sexo e inmensa soledad antes de, con suerte y apoyo de todo tipo, reconstruirse. Hoy, desde Francia escuchamos con estupor los testimonios de Judith Godrèche, de Isild Le Besco, de Adèle Haenel, de tantas otras cuyas adolescencias fueron destruidas por directores endiosados.
Este comportamiento de directores tiránicos ha sido excusado durante mucho tiempo. Pero el talento nunca puede ser excusa ni la genialidad, coartada: lo que hicieron y siguen haciendo muchos directores no puede ser condonado ni olvidado.
¿Y qué hacemos con Bresson? ¿Con todos los directores de cine que han creído que su posición les daba derecho a acosar, abusar y machacar a las actrices con las que han trabajado?
¿Con los que en procesos de casting han obligado a aspirantes a desnudarse sólo para humillarlas? ¿Con los que han jugado con las ilusiones de miles de chicas a las que han dejado en la cuneta como juguetes rotos? ¿Seguimos viendo sus películas como si tal cosa? ¿Escogemos la amnesia? El problema de conocer ciertas realidades es que luego es muy difícil hacer como si no las supiéramos. Están ahí delante y, aunque cerremos los ojos, su fulgor traspasa los párpados.
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
Publicidad
Más de
Grandes malentendidos de la ciencia
Carlos Manuel Sánchez | Ilustración: Anothersea
Quería su dinero
José Antonio Guerrero
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia