Nacer en Gràcia, mi barrio, en el que ya nació mi padre, imprime carácter. Es un barrio obrero, que resiste los embates de la gentrificación gracias a su estructura de casas bajas y calles estrechas. Y a la resistencia de sus vecinos a través de asociaciones centenarias y recientes que luchan por que no se pierdan ciertas tradiciones y maneras de entender la vida. Aún es posible recoger caramelos en la fiesta de Sant Medir y acudir a barbacoas populares en la calle algunos domingos. Mi memoria está plagada de olores y sabores diseminados por estas calles: el olor a vermouth a granel saliendo de algunos bares y bodegas; el olor a estiércol viniendo de vaquerías que ya no existen, donde iba con mi madre a comprar leche y la lechera me dejaba acariciar a las vacas; las vendedoras sonrientes y efusivas de los mercados, con sus delantales impolutos de volantes, que me daban trocitos de jamón o queso; el bullicio de las plazas...
Los barceloneses que nacimos aquí nos consideramos un pueblo aparte, no llegamos a decir eso de «bajar a Barcelona» como tantos de nuestros conciudadanos de ... otros barrios cuando bajan al centro, pero sí que sentimos una especie de orgullosa insularidad: en Gràcia lo tenemos absolutamente todo y podemos pasar días o hasta semanas sin pisar otra zona de la ciudad. Lo cierto es que lo de que lo tenemos todo no es exactamente así, carecemos absolutamente de zonas verdes, de árboles y plantas que desintoxiquen nuestras calles estrechas, nuestras plazas de asfalto donde los niños a duras penas pueden jugar en un rincón a la pelota mientras sus padres, preocupados, vigilan para que no derriben a nadie (¡y no ocurre!).
El derribo del mercado de l’Abacería, cuya magra estructura campa desde hace ya dos años en el corazón del barrio, parecía una gran oportunidad para dotar al barrio de un pequeño pulmón verde, de un lugar con sombra en el verano para refugiarse y de sol en el invierno para tomarlo tranquilamente. El plan es empezar una gran obra, como las que ya se han llevado a cabo en otros espacios de la ciudad, para tener parking y supermercado y plaza dura. Es un plan que debió de tener sentido en otras épocas y en otros lugares, pero que no tiene ningún sentido ahora y aquí. Un plan obsoleto ya sobre el papel.
Toda una vida en el barrio sé que quizá no me da crédito suficiente para opinar al respecto, pero sí me da un cierto acopio de sentido común: cualquier persona que pasee por este barrio puede ver que le sobran supermercados y parkings y plazas duras; lo único que no tiene son árboles, y el espacio que ahora es un solar sería el lugar ideal para darle a la gente del barrio lo que necesita. Sé que se barajan cifras astronómicas para crear el conglomerado que ya es un comodín en la ciudad (véase Mercat de Sant Antoni), pero igual estamos a tiempo de crear otra cosa que seguramente costaría muchísimo menos y que sería una inversión con auténtica visión de futuro: una isla verde dentro de esta isla de Gràcia, un lugar donde respirar. Y soñar.
Sobre la firma
Articulista de Opinión
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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