Viernes, 10 de Febrero 2023, 11:04h
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La película ganadora del Festival de Cannes del año pasado contiene escenas antológicas al lado de alguna escatológica que dura demasiado o quizás no duraba demasiado, pero a mí se me hizo eterna. No llevo bien las secuencias en las que el depósito de la taza de un váter revienta y las heces invaden un espacio, haciendo caer a los actores. Una vez escribí y rodé una parecida y fui incapaz de conservarla en el montaje: pensé que el espectador no merece que le castiguemos con imágenes que no querría vivir en la vida real, a menos que quieras decir algo con ellas, y no se me ocurría ninguna buena razón para conservarlas en mi película. En el filme del director danés, hay una escena de una pareja en un restaurante sobre quién paga la cuenta. Yo pondría esa escena en todas las escuelas de guionistas y en todas las facultades de Historia porque algo tan banal, gracias a la precisión de los diálogos, deviene un retrato de las relaciones de poder en una pareja y del sistema capitalista en particular. Esa escena, más que los discursos del capitán marxista del barco (Woody Harrelson) donde transcurre la primera parte del filme, es aguda, brillante y precisa: está dicho todo.
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