En cada esquina de Nápoles hay montones de basura, una hornacina de una Virgen y un Cristo con luz mortecina, y cinco hombres mirando cómo otro arregla un coche o una moto. De verdad que no exagero. Empecé a caminar por el barrio de San Lorenzo, pensando que era una casualidad que encontrara tantas veces ese fenómeno de los hombres mirando a otro arreglando un vehículo, pero, conforme iba avanzando, más de esos grupos humanos veía. Cuando pregunté a un napolitano conocido si él se había percatado, me dijo que no.
Pensé que es como lo de la basura, que de tanto verla los napolitanos ya no la ven, y me consta que esta es una ... ciudad de gente limpia: basta ver toda la ropa tendida oliendo a suavizante que inunda las calles de tantos barrios. Nadie parece tener muchas respuestas al tema de la basura, todo parece remitir a la Camorra, ese gobierno invisible de la ciudad. La Camorra, durante años, se ocupó de deshacerse de los residuos de multitud de empresas italianas y europeas a unos precios imbatibles. Su manera de deshacerse de ellos era tirarlos de mala manera a cualquier sitio, con todas las terribles consecuencias para el medio ambiente y la salud de la gente.
Tras varios escándalos, de los que se hizo eco hasta Donna Leon en sus libros del comisario Brunetti en Venecia, se descubría que Italia, junto con Egipto y Turquía, vierte al Mediterráneo la mitad de los plásticos que hay en este mar. Lo que está pasando ahora resulta muy difícil de descifrar. Preguntas y te dicen: «Desidia, todos los alcaldes han intentado arreglar el problema sin conseguirlo». Te dicen que en verano es peor. Te dicen que antes había más. Te dicen que es la Camorra, pero cuando pides detalles no sacas nada en claro. Salen noticias en la prensa de la degradación de hasta sitios como las Galerías Vittorio Emmanuele, donde los vagabundos defecan por doquier, como denuncia enfadado un locutor de la radio local. De momento, la basura inunda todos los rincones, hasta los más recónditos de la ciudad, menos el flamante metro y las mil iglesias y capillas y catacumbas. Una de las instalaciones de la Fundación Donna Regina de arte contemporáneo, Madre, es un montón de basura. Tuve que volver varias veces sobre mis pasos para cerciorarme de que era, efectivamente, una pieza artística y no los restos de las obras del museo.
En Nápoles te sirven el café en taza de loza acompañado por un vaso de plástico con agua. Es un detalle lo del vaso de agua, incluso te preguntan si la quieres con gas o sin. Pero no dejas de preguntarte por qué el vaso es de plástico. Me gustan los desconchados de las paredes de Nápoles. Me gustan sus callejones que desembocan en placitas. Me gustan sus bellísimos palazzos arruinados que parecen de Escher. Me gusta la pizza frita y los sfogliatelle que puedes deshacer casi en una pieza. Me gusta ver el Vesubio desde las alturas. Me gusta la luz de Nápoles de noche y esa manera que tiene el sol de desaparecer de repente. No consigo entender lo de la basura. Ni lo de los grupos de hombres mirando cómo uno de ellos trabaja. Igual las dos cosas están relacionadas. O no.
Sobre la firma
Isabel Coixet (Barcelona, 1960) es una cineasta española ganadora de varios Premios Goya
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