Viernes, 15 de Marzo 2024, 09:39h
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Como tantas otras cosas, nos lo enseñaron los griegos. Las tragedias, sobre todo si tenemos la suerte de asistir a ellas como espectadores, y no como protagonistas, nos interpelan y nos imponen la responsabilidad de darles una interpretación que conduzca a un recuerdo impregnado, ante todo, de piedad hacia sus víctimas. Nos invitan los lectores a examinar dos tragedias, una reciente y otra antigua, una que debe su desencadenamiento a la fatalidad, y ya se verá si a alguna negligencia o a un error constructivo, y otra provocada por el odio entre conciudadanos. Abordan, cómo no, la cuestión de la memoria que hemos de guardar de lo sucedido. Es más fácil, sin duda, cuando la tragedia no viene firmada por nadie. Cuando existe un verdugo, el empeño se complica. Y, sin embargo, no podemos eludirlo.
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