Parafraseando al clásico inglés, algo olía a podrido en las criptomonedas, al menos para cualquiera que tuviera unas nociones básicas sobre la creación de riqueza y de su sostenibilidad. Rentabilidades tan explosivas, sin otro soporte que la fe en que el tinglado aguantara indefinidamente la presión codiciosa de los aprendices de brujo que cifraban en él su fortuna, invitaban a recelar, y por eso las autoridades financieras competentes alertaron a los entusiastas. Se sostuvo un tiempo el espejismo, más por la apuesta de algún oscuro inversor, que agradecía no tener que rendir cuentas, que por el valor intrínseco de los activos. Y, ahora que se ha caído el castillo de naipes, los primos que confiaron en él descubren que no hay nada nuevo bajo el sol. Ni son los primeros timados ni serán los últimos.
Los jóvenes, principalmente los llamados millennials, son los que más han conectado con las criptodivisas y los que están sufriendo el hundimiento de las ... criptomonedas contagiado por la quiebra de la plataforma FTX. Son víctimas de la opacidad, de ese fenómeno de alto riesgo, de fulgurante volatilidad. Las redes sociales han contribuido a su expansión. Sorprende que esos inversores con estudios universitarios, es decir, con formación y con rentas respetables, hayan sido seducidos por las criptomonedas pese a las advertencias de la CNMV y el Banco de España acerca de los riesgos de invertir en valores carentes de respaldo oficial. En lugar de acudir a contrastados asesores financieros se dejan llevar por el boca a boca o por los mensajes de influencers. Es la cultura preponderante del riesgo, del 'quiero más, lo quiero ya y sin el menor esfuerzo'. Más de uno se habrá dado con un canto en los dientes atrapado por esa nueva modalidad, en algunos casos, de captación de inversores con visos de estafa piramidal a través de chiringuitos virtuales con la desaparición de todos o parte de sus ahorros.
José María Torras Coll. Sabadell
En referencia a la carta de Miguel Masip Prunera, bajo el título Los crímenes de los republicanos, he de decir que tiene razón: durante la Guerra Civil se produjeron crímenes y otras atrocidades por parte de los dos bandos, algo que ocurre habitualmente en todas las guerras. Y la Ley de Memoria Democrática así lo reconoce en su artículo 3, al definir como víctimas «a todas las personas que sufrieron daño durante el periodo que abarca el golpe de Estado del 18 de julio de 1936, la posterior Guerra y la Dictadura, incluyendo el transcurrido hasta la entrada en vigor de la Constitución española de 1978». En ningún momento alude solo a las víctimas provocadas por el bando franquista durante la guerra. Pero esta se produjo por un golpe militar contra un gobierno elegido democráticamente y la consecuencia de ella fueron una guerra civil y casi 40 años de dictadura, durante los cuales muchos españoles fueron fusilados, torturados, privados de libertad y otros tantos tuvieron que exiliarse fuera de su patria. Fueron el golpe de Estado y los años de dictadura los que marcaron la diferencia entre los que lucharon por conservar la democracia que existía en la República y los que defendían una dictadura. No nos quedemos solo con lo acaecido en la guerra, que en muchas ocasiones, por la brutalidad que representa, iguala a ambos bandos. Que yo sepa, durante el golpe de Estado y la dictadura de Franco no se cometieron crímenes por parte de los republicanos, ellos fueron las únicas víctimas.
José J. Castro Mencía. Miranda de Ebro (Burgos)
Recientemente publicó la revista XLSemanal un interesante artículo titulado Y el arte dejó de ser humano. En él se daba a conocer un acontecimiento que seguramente dejó boquiabiertos a los lectores; se trataba de robots elaborando obras de arte. Un ilustrador logró por lo visto desatar la polémica cuando ganó un premio en la feria estatal de arte de Colorado por su obra Teatro de la Ópera Espacial, realizada por una máquina; bastaba introducir en una aplicación unos términos o características fundamentales sobre aquello qué se quería y cómo se quería hacer para que la máquina hiciera el resto del trabajo. El autor dijo poco tiempo después en The New York Times: «El arte ha muerto, chaval. Se acabó. Ganó la I.A. Los humanos han perdido». Afortunadamente, los malos augurios de Goethe y Shelley respecto a la ciencia aún no han tenido lugar. El arte nació con nosotros, en él hemos depositado nuestra naturaleza. Desde el comienzo de su existencia el arte ha sido ese espacio en el que hemos depositado nuestra humanidad, dando lugar a una asombrosa herramienta por medio de la cual el hombre se descubre, se investiga y se hace a sí mismo; a quien no me crea le invito a hacer un recorrido a lo largo de la historia del arte, donde vislumbrará el detallismo físico y emocional que plasman en sus obras artistas como la escuela de Rodas, Miguel Ángel o Velázquez. El ser humano ha conseguido combinar las emociones humanas con el contexto histórico y la filosofía del autor, dando lugar a un medio de penetración cultural y sentimental en el corazón del espectador. Así pues, cabe afirmar que el arte es 'algo humano', un reflejo de la profundidad de nuestro ser, nuestros sentimientos calcados en un lienzo; con la máquina muere la creatividad, pero mientras el hombre le diga a ésta última cómo crear y qué plasmar, el arte seguirá siendo humano. Sin embargo, su deshumanización tiene lugar en el momento en que deja de reflejarnos. Creo que llego tarde para advertir de esto a la sociedad, en fin, el arte tiene razones que la razón desconoce.
Pablo Careaga Martorell. Valencia
¿Carne o pescado? ¿Christmas jumper o lentejuelas? ¿Conversaciones personales o temática laboral? Se acerca la cena de empresa y mi atuendo todavía está en el aire. Podría ir rasé, como diría Josie, o mona sin más y libre de riesgo. Tengo varios modelitos pensados pero nada decidido. Sí lo está el menú, decantándome por el pescado, y respecto al bando de compañeras con las que me sentaré, está por ver la suerte que tengo. Sin embargo, todo esto ha pasado a un segundo plano desde anoche. Buscando algo que leer, encontré un libro, edición de bolsillo, sobre el arte de callar. Cuando llegué a la página veintiuno descubrí los tres grados de sabiduría: el primero es saber callar; el segundo es saber hablar poco y moderarse en el discurso; el tercero es saber hablar mucho, sin hablar mal y sin hablar demasiado. Ahora sólo deseo la iluminación de moverme, en función del nivel de azúcar en sangre y grados alcohólicos, entre el primero y el tercer grado.
Berta López de Echazarreta Alonso. Burgos
Trabajo en las afueras de Zaragoza. Bajo del autobús, cruzo la carretera. El ambiente otoñal desprende sus colores. Respiro hondo, para absorber los olores de la hierba húmeda que piso. Observo los campos abandonados. No veo cosechas, la tierra está reseca. Paso ante una finca, un pastor alemán me ladra, le echo una gominola. Al otro día ya es mi amigo. Sigo, alzo la vista y veo unos cables que cruzan de poste a poste. En ellos, varios pájaros de distintas especies al acecho de comida. Emito un pitido deforme. Me contestan sus gorjeos, me sorprendo. Vuelvo a silbar, sonriendo. Me ilusiona pensar que converso con ellos. Busco a mi alrededor cosechas de trigo, de alfalfa, de borrajas, de girasoles, pero todo está yermo. No hay surcos de labranza. Me cuenta un pastor que pasea a sus ovejas que la tierra de Zaragoza es rica al estar regada por el Ebro. Veo un cartel en un lateral del camino: «Vendo terreno». Sigo. En la lejanía: enormes columnas de acero. En su pico, alas gigantes se mueven al ritmo del viento. Dicen los científicos que la energía eólica no contamina. Los demás días sigo viendo en el cable los pájaros con sus alas recogidas, piando como si me llamasen. Piso la tierra fértil abandonada y me pregunto: ¿es esto el progreso?
Pilar Valero Capilla. Zaragoza
Sobre la firma
Lorenzo Silva es escritor y columnista español conocido especialmente por sus novelas policíacas protagonziadas por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Ganador del Premio Nadal y del Premio Planeta
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