No es la infancia, como ninguna edad, un estado de inocencia ideal, pero sin duda es la que más cerca está de serlo, y quienes en ella se hallan merecen gozar del amparo de quienes ya la hemos dejado atrás. Una buena prueba para examinar la validez de una causa es mirar la consideración que sus defensores otorgan a los niños. Cómo los anteponen, o no, a otras finalidades, y qué discurso son capaces de articular al respecto. La violencia desplegada contra niños por Hamás el pasado 7 de octubre delata su iniquidad, y la soltura con que Israel los expone a sus bombas, como de forma desgarradora nos muestra un lector, devalúa la justicia de su respuesta. También ETA decía matar niños porque se los usaba como escudos humanos. Quienes condenan hoy, tras justificar aquello, se retratan solos
titulosecundario titular="Las cartas de los lectores
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Antes, el cartero nos traía cartas; ahora, multas, notificaciones y paquetes que llegan y se ... devuelven; todo un reflejo de este tiempo: donde antes recibíamos noticias que, por tardar, eran esperadas y celebradas, hoy llegan urgencias y desasosiegos. Esta ingrata labor, en nuestro barrio, recae en la cartera y, lejos de querer 'matarla' como emisaria cuando llegan los temidos certificados, todos la apreciamos. Somos un barrio de chalets de una pequeña ciudad. Como en tantos sitios, los vecinos apenas nos tratábamos. Así fue hasta hace unos años, cuando llegó ella. Con su cordialidad, fue tejiendo una red en la que día tras día –una pequeña charla, un recado para uno, una noticia de alrededor, un rato de corrillo– nos hizo cambiar a muchos el talante. Y ahora es normal que yo le riegue las plantas al de al lado, o que la niña del vecino nos timbre; no es que ella cambiara el mundo, pero echó la bola de nieve a rodar y fue suficiente. Y esta es mi carta para la cartera. No te la puedo enviar, pero ojalá la leas: «Querida cartera. Por mis años, recuerdo los tiempos en los que por Navidad traías una estampita y os dábamos el aguinaldo; hoy ya eso no se estila, ni abrir la puerta y decir a la gente que pase. Pero lo que no ha cambiado es sentirse agradecido, y en este barrio lo estamos contigo: por tu buen hacer, por tu sencillez y sonrisa infatigable, por hacernos sentir más humanos en unos tiempos fríos. Tienes nuestro reconocimiento, nuestro cariño y nuestra puerta abierta; ya sabes, aquí, junto a nuestros buzones».
Carlos José Esguevillas González. Palencia
¿Alguna vez nos hemos preguntado cuántas personas mueren cada día en el mundo sin causa ni razón entre guerras, conflictos, hambre, injusticias y desamparo? Tan solo era una fotografía, una más de la guerra entre Israel y Palestina, pero esta llegaba al alma... Lo que antes fuera el barrio de una ciudad tranquila –con su plaza llena de vida, sus comercios, bares, terrazas, el mercado, incluso una escuela…– todo aquello, en menos que en lo que se reza un avemaría, había desaparecido. Tan solo fue un instante: un silbido, un fogonazo, un estruendo y, en un abrir y cerrar de ojos, aquel lugar de encuentro y forma de vida era un montón de escombro y cenizas. Solo quedaba en pie la torre de la mezquita y un arbolito, como testigo de vida. Poco después se oirían las sirenas de ambulancias y bomberos que acudían al rescate de quienes pudieran encontrarse con vida. Y en aquel caos, entre gritos de dolor con olor a azufre y muerte, entre los escombros, aparecieron dos cuerpos. Eran de dos niños abrazados el uno al otro, como si aún durmieran… pero estaban muertos. Poco después se supo por uno de los familiares que eran dos hermanos de 5 y 7 años a los que habían dejado durmiendo. Quizá en el momento en que murieron estaban soñando con los ángeles del cielo.
José María Redin Berdonce. Barañain-Navarra
Hace tres semanas, un amigo me contaba que un chico de su instituto se había suicidado. La noticia me dejó muy mal cuerpo, pero lo olvidé rápido. A los pocos días de ello, me enteré de que un compañero con el que compartí clase en el instituto, también se había suicidado. No tenía amistad con él; en cierto sentido, no nos caímos muy bien. Sin embargo, me apenó bastante aquello. Desconozco los motivos que le llevaron a quitarse la vida, pero se me hiela la sangre al imaginar que alguien de mi edad, con verdaderos dones además (inteligente, virtuoso de la música, dominio de los idiomas), pueda tomar esa decisión. Lo peor vino hace una semana en la universidad. Los compañeros de clase sacaron a debate el tema del suicidio y la opinión casi unánime era que quitarse la vida es una válida y eficiente solución para acabar con los problemas que uno pueda estar atravesando. Reinaba en la discusión un nihilismo capaz de hundir en la depresión al más optimista. La verdad, no entiendo cómo los jóvenes pueden llegar a pensar que el suicidio es una posible solución a los problemas. Gente que apenas ha vivido y ya se rinde. Los jóvenes de hoy en día viven desesperanzados. No se enseña a sufrir. Nos engañan con que la vida es de color rosa (como escribía aquí una lectora hace unas semanas). Escuché hace poco que han subido de 10 a 14 los suicidios diarios en España, la mayoría de ellos entre jóvenes. ¿En serio que no había otra solución para los problemas de esos miles de jóvenes que el suicidio? ¿Qué estamos haciendo cómo sociedad? Recen por ellos.
Miguel Rico. Madrid
Siempre que he llorado y, por destino o casualidad, había una mujer a mi lado, he podido sentir una cercanía emocional y algún tipo de consuelo. Los hombres son otra cosa: los hay que se empapan de tus lágrimas convirtiéndose en blandos muñecos que se desmoronan a la más mínima presión. Los hay duros, que asisten impasibles al dolor, como si fueran tierra yerma en la que el agua resbala, esperando a que pare la tormenta para hacer gala de su impenetrable coraza que solo protege su vacío y, por fin, están los que, aunque sean causa de tus lágrimas y tengan o no razón, se conmueven íntimamente de una forma cómplice y serena. Quizá no hablan, pero te cogen de la mano o te acarician el pelo, o te traen un vaso de agua… o de vino, y esperan a que torne la calma para hacerte reír, hablar de lo que ha pasado y sacar de tanta agua y ojos rojos algo mejor. Esos hombres son valientes, son tiernos y fuertes y son los que deseo tener a mi lado.
Mar Eguiluz. Madrid
LA CARTA DE LA SEMANA
En un mundo digital donde la grabación de momentos se ha vuelto tan común, a menudo siento la presión social entre documentar y saborear momentos de manera plena. La tentación de utilizar la extensión de la palma de nuestra mano o, dicho de otra manera, el smartphone me priva en demasiadas ocasiones de vivir el presente con todos mis sentidos. En ocasiones, siento que la obsesión por grabar o fotografiar me va a hacer sentir o disfrutar de una manera más plena los acontecimientos que nos rodean, ya que después podré verlos desde la galería de mi móvil. Qué gran error. Lo único que veo cuando me atrevo a entrar a esa fosa común de archivos es, entre GIF y vídeos absurdos, un cementerio lleno de epitafios inconexos que tratan de recobrar una vida que perdieron al instante de ser captados.
Peio Gaspar Pintado. Errenteria (Gipuzkoa)
Por qué la he premiado… Porque a veces, aunque nos cueste tanto verlo, conservarlo todo es perderlo todo.
Sobre la firma
Lorenzo Silva es escritor y columnista español conocido especialmente por sus novelas policíacas protagonziadas por los guardias civiles Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro. Ganador del Premio Nadal y del Premio Planeta
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