Con la casquería pasa como con la política en estos tiempos. No hay sitio para los tibios. O eres tirio o troyano. O amas los callos o los aborreces. No hay palabra ni buena cazuela que puedan llegar a convertir a la fe casquera a quien no ha nacido con ese gen que nos hace disfrutar de la gelatina por encima de todas las cosas. Qué bien les vendría una buena ración a algunos de nuestros políticos, dicho sea de paso, una de esas cuya salsa bien trabada te deja los labios pegados. En boca cerrada no entran moscas ni salen tonterías. Cuántas bobadas nos podríamos ahorrar y hasta varias leyes y decretos innecesarios, de esos que se sacan de la manga para que parezca que se ganan los garbanzos.
Antes de seguir, quiero romper una lanza en favor de los gelatinistas porque están a una altura ética y moral incuestionable. Si hay alguien que ... cree en el desperdicio cero somos nosotros, los que nos comemos lo que otros no quieren, y lo venimos demostrando desde mucho antes de que se inventara la expresión 'zero waste'. Un casquero hace más bien al mundo que un solomillista, sin duda.
El mayor reto al que nos enfren-tamos en estos tiempos es el de mantener vivo nuestro credo ahora que casi no quedan abuelas ni madres que se pongan manos a la obra para hacer unas buenas manitas de cerdo —por cierto, y sin segundas, antaño en las cartas de muchos restaurantes se apellidaban 'de ministro'—. Ahora no nos queda otra que rebuscar entre las casas de comidas y restaurantes de a pie, como los buenos recolectores de setas hacen en el monte, y abrazar y agradecer a los hosteleros que siguen al pie del cañón y compartirlos.
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