Estoy por hacerme unas pegatinas de «espacio libre de cápsulas» antes de que terminen de invadirlo todo. Me apuesto un dólar a que si en la Estación Espacial Internacional toman café tendrán una máquina de las que hay que introducir miniplatillos volantes de aluminio.
No quito mérito a quienes las inventaron y comercializaron worldwide, convirtiéndolas en un estándar mundial. Leyeron bien los cambios sociales que se venían, como ... el valor de la comodidad por encima de todo, aunque haya que pagar a cambio un potosí por una taza de café. Salieron identificando sus máquinas y sus pastillas de café con el lujo y en pocos años destronaron a las Moka e incluso a las Bialetti, el 'Sputnik' de Italia que llegó a vender 300 millones de cafeteras.
Ahora, con el territorio invadido, toca resistir. Reivindicar el grano, el molinillo y las cafeteras automáticas, esas que muelen el café al darle a un botón y hacen el expreso a la velocidad del rayo, quizás la única opción que puede plantarles cara en términos de comodidad. Qué liberador es poder ponerle el café que uno encuentre por el mundo sin tener que someterse al gusto y a los intereses de los catadores oficiales de una marca.
Me surgen todas estas reflexiones en mitad de un intenso viaje a Brasil, el mayor productor del mundo de café, y advertir que incluso aquí las cápsulas se utilizan hasta en los restaurantes más interesantes de la culinaria local. Propongo difundir todos los caminos intermedios entre el purismo del café de especialidad y el descarnado capsulismo, que son muchos. Ignacio Medina, el reputado crítico gastronómico, solía preguntar al personal socarronamente: «¿Tú tomas café o Nespresso?».
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Articulista de Opinión
Bejamín Lana es presidente de la división de Gastronomía de Vocento
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