Lo nuestro con los franceses nunca ha sido fácil. Ya saben, uno de esos amores-desamores eternos en el que llevamos desde que los Pirineos se empeñaron en salir ahí en medio. Los hemos admirado mucho: su cocina, su arte, el cine, los pilares ideológicos de nuestra sociedad nacidos de su revolución, el borgoña, su laicismo –cuando aquí pecábamos de meapilismo– y su acogida (esto sólo a veces).
Pero también hemos ido a la guerra contra ellos y nos hemos sentido minusvalorados, atacados –quién olvida los camiones volcados en las carreteras– y abandonados ... a nuestra suerte en alguna ocasión histórica.
Yo siempre he tenido un sentimiento favorable al afrancesamiento. Casi todas las cosas de la vida que me interesan se hacen bien allí. En este inicio de año, mi poso de afrancesado vive alegre: Francia acaba de hacerse cargo de la Presidencia de la UE y uno de sus primeros propósitos es que los productos agrícolas importados cumplan los mismos requisitos de calidad que los europeos. Y eso es bueno.
Tenemos que dejar que los países cercanos se desarrollen, y la agricultura es un buen sistema para fijar población y luchar con la desesperanza y la emigración, pero también es importante que el campo europeo no se abandone, y para eso hay que plantear condiciones de competencia similares. No se trata de cerrar fronteras, pero sí de exigir que el uso de sustancias químicas en la tierra y de calidad máxima que cumplen los agricultores de Zamora o Almería sean los mismos para quienes nos quieren vender sus tomates cultivados con menores exigencias, aunque a veces sean empresas de aquí que producen también allí, aprovechando los diferentes estándares.
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