Andamos faltos de reflexión y de conexión con nuestro entorno. Eso lo sabe hasta el apuntador. La vorágine de este mundo se nos va de las manos o, mejor dicho, se nos lleva no sé a dónde. Pararse a pensar sobre el mundo y lo que hacemos aquí es una actividad tan en desuso como viajar en diligencia. Y si alguien viene con el cuento del bienestar es porque trae para vendernos una pastilla, un zumo detox o un libro de autoayuda.
Se hace raro llegar a un rincón del Parque Natural de los Alcornocales, en Cádiz, y ver una tropa de cocineros de campanillas no haciendo ... lo suyo, que básicamente es cocinar y hablar en público de lo que cocinan, sino viviendo la vida buena como cualquier grupo de amigos que acampa junto a un lago. Ya saben: camaradería, conciencia de grupo y mucha fiesta. Lo interesante de este encuentro bienal llamado Despesques que se inventó Ángel León a su imagen y semejanza es llevar a todos sus colegas «a escuchar y no a hablar». Aventureros, oceanógrafos y médicos poniéndoles letra y música (mucha y buena) a palabras tan grandes como 'felicidad', 'sacrificio', 'ilusión', 'compañerismo' y reivindicando una visión optimista del futuro del planeta si nos ponemos en serio a salvarlo.
Este invento, que comenzó marinero en los esteros de la Bahía de Cádiz conmemorando la actividad tradicional de la extracción del pescado de las salinas, ha subido a la sierra. Este año, los 'despescados' han sido los propios cocineros, que se vuelven para los restaurantes no sé si más conscientes, pero seguro más felices tras la vida neohippie en las jaimas. Hablar la mitad de lo que se escucha siempre ha sido una decisión sabia. Jesucristo pescaba hombres y Ángel León los despesca.
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