Viernes, 01 de Marzo 2024, 11:26h
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Hace unas semanas compré una lámpara de lectura, de ésas que tienen un pie y un tallo largo, flexible. La busqué convencional, como la que había tenido antes: veinte años de honrados servicios junto al sillón, ayudándome a leer. La difunta había sido una lámpara seria, buena, ejemplar. Una lámpara de toda la vida, con sus luminosas bombillas. Y ahí estaba el problema, en las bombillas, porque la última de reserva se había fundido y ya no había manera de encontrar repuestos. Así que tuve que jubilarla y fui a una tienda donde adquirí la nueva. Me mosqueó un poco que en vez de interruptor convencional tuviese una especie de sensor que encendía y regulaba la intensidad de la luz pasando suavemente un dedo. «¿No hay de otra clase?», pregunté suspicaz al vendedor. «Sólo con este sistema –respondió–, pero ya verá que es mucho más cómodo». En los últimos tiempos, cada vez que me dicen que algo es más cómodo me echo a temblar, pero no había opción. Necesitaba una luz de lectura y compré la nueva lámpara.
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