Patente de corso

Los veteranos de la guerra de Troya

Viernes, 22 de diciembre 2023, 10:41

Ocurre cada año por estas fechas. Se congregan junto a los cascos deshechos por el tiempo de las cóncavas naves, esas embarcaciones que antaño fueron negras y hoy están varadas en la playa, roídas por el salitre, el viento y la lluvia. Van llegando despacio, solos o en parejas, tan quebrados de achaques que ni su perro los reconocería. Algunos apenas pueden caminar erguidos; tienen el cabello ralo y escaso, la barba poblada de canas, la piel surcada de arrugas y viejas cicatrices. Se reconocen al encontrarse de nuevo, pero lo hacen sin aspavientos ni exclamaciones de alegría. Sólo una sonrisa, un brillo fugaz en los ojos fatigados, palabras breves dichas en voz baja. Se buscan con la mirada, pasando lista, reconociendo a los que todavía acuden, advirtiendo las ausencias que cada año son más numerosas. Clarean demasiado las antiguas filas que en otro tiempo, en otra vida, fueron líneas compactas de hombres vigorosos cubiertos de bronce, falanges erizadas de lanzas cuyas puntas relucían al sol sobre los escudos. Guerreros de tremolantes cascos y bien labradas grebas, cuyos gritos de pelea infundían pavor en el corazón de los enemigos.

Caminan despacio ante la sonrisa despectiva de quienes, pese a deberles cuanto les deben, ni los reconocen, ni los recuerdan, ni los comprenden

Y así, año tras año, cada vez más viejos y cada vez menos, los veteranos de la guerra de Troya acuden a su cita anual ... junto a los esqueletos carcomidos de las viejas naves, sentándose en torno a hogueras hechas con restos que el mar arroja a las playas. Recordando, más con silencios que con palabras, los combates en la llanura y bajo las murallas, la incertidumbre en el vientre oscuro del caballo de madera, la noche y la matanza a la luz de la ciudad en llamas, el botín, los prisioneros, la sangre que encharcaba escaleras y salones, la fiera desmesura de la victoria. Y luego, el nostos, el regreso, el mar embravecido por la envidia furiosa de los dioses, los naufragios en islas ignotas, arpías y canto de sirenas, compañeros devorados por cíclopes o seducidos por hechiceras. Y las Nausicaas, las Circes, las Didos que los increpaban de lejos, desde los acantilados, cuando renunciaban a su lecho confortable para hacerse de nuevo a la mar rumbo a un sueño, a una lealtad, a las Ítacas cuyo arribo les negaban, una y otra vez, dioses vengativos y crueles.

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Sobre la firma

Arturo Pérez-Reverte

Articulista de Opinión

Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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