Patente de corso

La sombra de las hienas

Viernes, 27 de enero 2023, 10:18

Es curioso cómo, en un mismo lugar y al mismo tiempo, puede observarse lo peor y lo mejor de la condición humana. Eso, a poco que nos fijemos, sucede en todas partes. Y si uno practica de vez en cuando el interesante ejercicio de dejar quieto el dedito y olvidar un rato la pantalla del teléfono móvil, alzando la vista para dirigir en torno una ojeada tranquila, la vida y la gente que la transita se muestran de nuevo reales, en carne y hueso. Dándole tal vez, a quien observa, lecciones que en este mundo absurdo en el que nos han metido como ratones en la ratonera –o nos metemos voluntarios, pues nadie te obliga a morder el queso– cada vez parecen quedar más lejos.

Me ocurrió el otro día. Estaba viendo con los hijos de unos amigos El rey león en el teatro Lope de Vega de Madrid, ... y en la fila de delante había una chica joven de edad extrañamente indefinida, entre los dieciséis y los veintipocos años. Había algo en ella, que llamaba la atención. Llevaba gafas y media melena, y a la luz de las candilejas, o como se llame ahora lo que ilumina el escenario –confío en que se siga llamando así, porque candilejas es deliciosamente añejo–, yo podía ver su perfil, absorto en las aventuras del pequeño león protagonista. La chica estaba pendiente de las escenas de una manera ávida, con extrema atención, como si lo que allí ocurría no fuese un relato imaginado sino algo en lo que se sentía implicada. Como si ella misma estuviese ahí arriba.

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Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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