Patente de corso

Guaperas sin afeitar

Viernes, 23 de enero 2026, 11:22

Me intrigó durante mucho tiempo: misterio en el Orient Express o en donde sea. Arcano social. Por qué, me pregunté durante años, en casi todas las películas de la última década los tíos guapos salen con barba de tres días. No de un día para otro, ni de esas que se llevan tal cual, sino pelos sin rasurar, sombra fija y viril en el careto. Barbas que ni crecen ni se afeitan, indelebles, permanentes, criogenizadas o como se diga. Barbas de Schrödinger: mínimas pero exactas, inmutables, que no crecen ni decrecen, despeinan o rebelan, y que sobreviven con idénticas dimensiones, inalterables en guerras, apocalipsis zombis, naufragios, traiciones, resacas bíblicas y crisis existenciales chungas.

En el cine actual hay límites que ni James Bond puede cruzar aunque tenga tiempo, aunque tenga espejo, aunque disponga de baño con agua caliente

Pero al fin, disculpen la inmodestia, he descifrado el enigma de las arenas. Ocurrió viendo una película sobre una novela mía donde el protagonista –un ... cura, hay que joderse– lleva todo el rato una de esas barbas someras que ni crecen, ni menguan, ni traspasan. Que se afeitan cada día, pero para que parezca que no se afeitan. Fue entonces cuando dije eureka. Eso no es vello facial guarro, pensé, sino proclamación estética. El equivalente machote al rímel de las señoras guapas que se levantan con el ojo intacto después de una noche de pecado o de un remojón en las cataratas del Iguazú. Antes, los héroes de las pelis llevaban espada, revólver o gabardina. Hoy, para ser interesante en el cine debes parecer complejo, y para parecer complejo has de llevar barba de tres días y mirada de trauma mal digerido. Todo muy viril, muy intenso. Y sobre todo, más falso que la sonrisa de un político.

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Escritor, académico de la Real Academia Española y cofundador de Zenda.

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