«Retrasado», «corrupto», «mula testaruda»… Donald Trump le ha declarado la guerra al presidente de la FED, el poderoso banco central de su país. Lejos de rendirse, Powell se ha convertido en el gran icono de la resistencia a sus ansias de poder absoluto. Criado en el respeto a las instituciones, la vida, sin embargo, parece haber preparado a este hombre, paciente y concienzudo, para la batalla. Te lo contamos.
La economía me aprecía aburrida, excesivamente teórica y poco útil». En boca de Jerome Powell, el hombre al frente de la institución económica más poderosa ... del mundo, la confesión parece un chiste del destino. «Admito que me equivoqué», añade, pero eso es lo que Powell pensaba cuando, a los 18 años, sus padres le sugirieron ese camino académico. Si una pitonisa le hubiera dicho entonces que su vida laboral lo iba a llevar, 65 años más tarde –el 5 de febrero de 2018, un día después de su cumpleaños–, a presidir la Reserva Federal (FED), le habría dicho que estaba completamente loca.
Powell jamás se planteó semejante objetivo, pero, sin buscarlo, la vida lo fue preparando para esa tarea por caminos de lo más heterodoxos. De hecho, es el primer jefe de la FED en 40 años que no cuenta con un doctorado en Economía, algo común entre los líderes de los bancos centrales por todo el mundo. Trump, desde luego, no lo tuvo en cuenta cuando lo designó para presidirla, aunque no tardara ni un parpadeo en arrepentirse. Un mes después del nombramiento, cuando el republicano le exigió tipos bajos para impulsar el crecimiento, la Bolsa y reforzar su narrativa de éxito económico, Powell los subió. El magnate-presidente le declaró de inmediato la guerra. Y así sigue.
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Ocho años después, la negativa de Powell para plegarse a los deseos de Trump ha marcado un mandato –renovado en 2022 por Joe Biden, vence el próximo 15 de mayo– convertido hoy en una defensa a ultranza de la independencia de la FED. Los ataques de la Casa Blanca, cada vez más agresivos, no tienen parangón desde que, en 1951, superada la Gran Depresión y el esfuerzo de la Segunda Guerra Mundial, el Departamento del Tesoro cedió a la entidad la potestad absoluta para fijar los tipos de interés. Lejos de amedrentarse, Powell se ha convertido en uno de los últimos diques de contención al ansia de poder absoluto de Trump. Y no parece dispuesto a hincar la rodilla.
La resistencia de Jerome Hayden Powell, decimosexto presidente de la FED –15 hombres y una mujer–, comenzó a forjarse en una infancia marcada por dos grandes factores: crecer en Washington D. C. y su familia. Patricia Hayden, matemática y estadística, educó a sus seis hijos (cuatro chicas y dos chicos) en el rigor intelectual, la lógica y una visión analítica del mundo. Jerome Powell, abogado y veterano de la Segunda Guerra Mundial –artillero en Italia, Francia y Alemania–, les inculcó la disciplina y el sentido del deber. Republicanos convencidos (su hijo más famoso es miembro registrado de ese partido, hoy en manos de Trump), los Powell educaron a sus vástagos en un ambiente de participación cívica y política. En ese entorno, no es extraño que el joven Jerome –segundo de los hermanos, el mayor de los chicos– sintiera una temprana curiosidad intelectual y, con el tiempo, también una profunda vocación de servicio.
En el poblado hogar de los Powell, ruidoso, dinámico y lleno de actividad, el futuro banquero central más influyente del mundo comenzó a practicar el arte de actuar desde la calma. Allí asimiló la importancia de la cooperación y la negociación, aprendió a escuchar y a hacerse oír y, en la inevitable fricción de una familia numerosa, desarrolló una gran tolerancia a la frustración, mientras crecía entre conversaciones domésticas sobre leyes, campañas políticas, presupuestos y decisiones ejecutivas, legislativas y judiciales.
Su internamiento, de los 14 a los 18 años, en la Georgetown Preparatory School, la escuela católica para chicos más antigua del país, fue otro paso decisivo en la forja de su carácter. La exigencia allí era constante. Powell, un adolescente metódico y en control de sus impulsos, destacó por su excelencia académica, su capacidad de trabajo, su seriedad y su interés por las ciencias sociales. Como premio al graduarse, sus padres le regalaron una guitarra acústica Martin D‑35 (que conserva como un tesoro), un regalo del que, dice Powell, «seguramente, se arrepintieron».
Para sorpresa de todos, su primer año en Princeton se convirtió en una especie de desquite tras la opresiva exigencia de la secundaria. Dedicó más tiempo a tocar la guitarra y a debatir con sus amigos sobre las tensiones políticas y los cambios culturales y económicos de la época que a los estudios. Su grupo favorito era (aún lo es) Grateful Dead, banda seminal del rock psicodélico cuyas canciones interpretaba a las cuerdas de su Martin D‑35. Alumno cuyo brillo siempre se había sustentado en el esfuerzo, Powell sufrió ese año el primer y único descalabro estudiantil de su vida.
Aprendió la lección, pero, tras graduarse en 1975, se sintió perdido. «Pasé seis meses etiquetando estantes en un almacén –reveló ante los alumnos de Princeton en una reciente ceremonia de graduación–. No me sentía bien, pero ese tiempo allí fue una bendición, justo lo que necesitaba. En otoño me matriculé en Derecho y, por primera vez, estaba decidido a aprovechar la oportunidad al máximo».
Vaya si lo hizo. En 1979, Powell se doctoró cum laude en Derecho por la Universidad de Georgetown. Fue allí, entre futuros jueces, legisladores y abogados corporativos, donde adquirió una comprensión profunda del Estado y pulió sus habilidades comunicativas, tan determinantes en su puesto actual, con marcado énfasis en la claridad y la exactitud.
Su esfuerzo tuvo recompensa inmediata: un contrato en Davis Polk & Wardwell, uno de los bufetes más prestigiosos de Nueva York. Estando allí conoció a Elissa Leonard, con quien se casó en 1985. Especializado en finanzas corporativas, fusiones y adquisiciones y regulación bancaria, cuatro años después lo fichó el banco de inversión Dillon, Read & Co., un destino que le cambiaría la vida.
Powell se había empeñado en conocer al CEO de la compañía, el exsenador Nicholas F. Brady, pero siendo un recién llegado no acababa de surgir la oportunidad. «Un día me obligué a subir las escaleras hasta su despacho. Pedí hablar con él y me dejaron pasar. Estaba muy nervioso; fue una reunión muy breve. Al bajar las escaleras pensé: 'Al menos, lo intenté' –relató a los graduados de Princeton–. Dos meses después, Brady me llamó para trabajar con él en un proyecto; un año más tarde se convirtió en secretario del Tesoro; y en 1990 me pidió que sirviera bajo su mando como subsecretario del Tesoro. Ese puesto resultó ser la puerta de entrada para mi nombramiento en la Junta de la Reserva Federal».
Después de estar tres años en el cargo, con la llegada de Bill Clinton a la Casa Blanca nuestro hombre regresó al sector privado. Y no le fue nada mal. Como socio de The Carlyle Group, una de las firmas de capital privado más influyentes del mundo, Powell amasó un patrimonio que su declaración financiera al ingresar en la FED, en 2012 (con Ben Bernanke de presidente), estimaba en un rango entre 20 y 55 millones de dólares. Cifras que, tras su nombramiento, en 2018, lo convirtieron en el presidente de la entidad con mayor patrimonio neto desde los años cuarenta.
Esta riqueza, inalterada en sus 14 años en la FED, es, para muchos, una garantía de su independencia –él mismo dice que no necesita los 203.500 dólares de su sueldo–, aunque también despierta escepticismo por su cercanía al mundo financiero.
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Antes del retorno de Trump a la Casa Blanca y la intensificación de sus ataques, el liderazgo de Powell fue crucial durante la pandemia de covid-19, cuando la economía mundial se detuvo de forma abrupta. Powell impulsó medidas extraordinarias: recortó los tipos de interés a cero, compró activos millonarios y proporcionó liquidez a empresas y bancos, ayudando a mantener disponible el crédito al consumo. Consiguió su objetivo: evitar que la crisis sanitaria colapsara el sistema financiero. Su estilo prudente pero directo y sin artificios fue esencial para calmar a los mercados en los momentos más turbulentos.
Su figura, desde entonces, no ha dejado de elevarse, sobre todo a partir de su resistencia a las brutales presiones de Trump. Las críticas contra él han apuntado, sobre todo, al timing político de algunas de sus decisiones (tardó en subir los tipos ante el repunte inflacionario pospandemia) y a su empeño por priorizar la estabilidad financiera y el control de la inflación sobre el empleo. Lo de Trump, en cambio, no son críticas a su gestión, sino auténticas andanadas: lo ha llamado «idiota», «imbécil», «retrasado», «corrupto», «mula testaruda»... Lindezas a las que, al margen de su repetido deseo por despedirlo, ha añadido comentarios como: «¿Quién es nuestro mayor enemigo, Jay Powell o el presidente Xi?». O este otro: «He ganado mucho dinero con los negocios, así que creo que entiendo mejor todo esto que él».
Su inquina es tal que, como no puede despedirlo (una ley federal protege la independencia de la FED), la Fiscalía del distrito de Washington, dependiente del Departamento de Justicia y dirigida por la trumpista Jeanine Pirro, ha abierto una investigación penal por sobrecostes en la última remodelación de la sede de la Fed, en Washington D. C. Powell ha replicado sin tapujos: «La amenaza de cargos penales es consecuencia de no seguir las preferencias del presidente».
El tiro, de hecho, podría salirle por la culata a Trump, ya que Powell se plantea continuar ahora como miembro de la Junta de Gobernadores hasta 2028, rompiendo una tradición que estipula que el presidente saliente renuncie también a ese cargo. Su objetivo: liderar un grupo opositor a quien sea que la Casa Blanca intente colocar al frente del organismo. Todo parece indicar que Trump tiene rival para rato.
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