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Patente de corso

El extraño caso de la biblioteca inexistente

Arturo Pérez-Reverte

Viernes, 08 de Septiembre 2023, 11:05h

Tiempo de lectura: 4 min

Hace muchos años, casi treinta, confesé en esta página que era lector de la revista Hola. Y lo sigo siendo. Ya no la leo con los crispis y el colacao porque llevo dos décadas desayunando otras cosas: cuando estoy en casa, una asquerosa leche de soja –a mi edad los médicos desaconsejan la de vaca de toda la vida, que es la que me gusta– y galletas Chiquilín o tortas de Inés Rosales. Con eso me apaño. Pero el caso es que sigo fiel a la revista. Unas veces la hojeo a esas horas y otras cuando estoy tranquilo entre una cosa y otra. En sus páginas he visto envejecer a galanes de antaño –a todos menos a Bertín Osborne, que parece plastificado, el hijoputa– y a damas como Carolina de Mónaco, que en su momento fue un trueno de señora. He visto posar a famosos con esa sencilla naturalidad que, por ejemplo, mostraban siempre Paloma Cuevas y Enrique Ponce antes de que se les gastara el amor de tanto usarlo. A Isabel Preysler haciendo cling-cling con su célebre caja registradora. A reinas, reyes, duquesas, actores, monarcas, vedettes, banqueros con vergüenza o sin ella. A tontos del culo de ambos sexos vestidos de coronel Tapioca en safaris solidarios de dos días en el África procelosa, con estilismo de Nati Abascal. A impresentables analfabetas, a cuyo lado las pedorras de hace veinte años parecerían hoy unas señoras, ocupar portadas y reportajes a color. He visto todo eso, vamos. Evolucionar los iconos de la sociedad en la que vivo y muchas cosas más. Si me permiten ustedes la chulería, tengo, como viejo y fiel lector, cierta autoridad en la materia.

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