Martes, 10 de octubre 2017, 10:29
Antes de crear sus esculturas, el suizo estudiaba los rasgos humanos con precisión de relojero. Por Fátima Uribarri
La figura humana fue una obsesión para ... el artista suizo Alberto Giacometti (1901-1966). Posar para él era una prolongada tortura de quietud que se repetía días y días. Por eso sus mejores modelos fueron sus seres más cercanos, sobre todo su mujer, Annette, su hermano Diego y varias de sus amantes, como la joven prostituta Caroline.
Era Giacometti un perfeccionista maniático. Quería plasmar lo que había percibido. Sus figuras estilizadas, inquietantes, cada vez más pequeñas, frágiles, pero asentadas en contundentes pedestales, eran lo que él percibía: «No vemos realmente a la gente a su tamaño natural», dijo. Le interesaba sobre todo la mirada, que es donde reside el alma, según Giacometti. Es curioso: sus hombres caminan, mientras que sus mujeres aparecen estáticas como deidades totémicas. Fue naturalista, cubista, surrealista... Abandonó todas las corrientes. Es único.
Sobre la firma
Publicidad
Más de
Deconstruyendo a los milenarios guerreros de Japón
E. Font
Ricard Alert, biofísico
Carlos Manuel Sánchez en colaboración con Fundación BBVA | Foto: Fundación BBVA | www.fbbva.es/
La cocina fácil de Martín Berasategui
Martín Berasategui
En otros medios
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia