Nuestros recuerdos nos definen, y confiamos en ellos. Pero, cuidado, cambian con el tiempo. Exploramos los misterios –y desmontamos mitos– de ese proceso tan delicado, inestable y complejo al que llamamos 'memoria'.
Un disco duro, un almacén sin fondo... rara vez las metáforas asociadas a la memoria le hacen justicia. Nuestros recuerdos, lo que define quiénes somos, la base de nuestra personalidad, están muy lejos de ser algo objetivo e inamovible. «Nuestra identidad se construye sobre arenas movedizas», reflexiona el neurocientífico Charan Ranganath, uno de los mayores expertos del mundo en la materia.
Y lo dice porque esos complejos cruces de emociones, experiencias, química y conexiones neuronales a los que llamamos 'recuerdos' cambian, evolucionan. De hecho, son tan volátiles que, como reza el dicho popular, pueden llegar a traicionarnos... Y no podemos imaginar hasta qué punto.
Porque cuando aseguramos con convicción: «Esto sucedió y, además, sucedió así», es altamente improbable que sea cierto o, cuando menos, que no estemos siendo totalmente objetivos. Es lo que en psicología se denomina 'efecto Rashomon', referencia a la película de Akira Kurosawa en la que se cuenta un mismo hecho desde la perspectiva de varios testigos. Todos dicen la verdad, pero cada uno lo recuerda de forma diferente. Lo que nos aleja por completo de esa concepción tan popular de la memoria como un depósito de experiencias pasadas retenidas con precisión fotográfica.
Según Ranganath, profesor de Psicología y Neurociencia en la Universidad de California y autor de un libro revelador: Por qué recordamos (Península), «nuestros recuerdos funcionan, más bien, como una pintura». Es decir, partimos de una representación realista, pero lo que recordamos es una interpretación personal, filtrada, de la misma. Actitudes, creencias, prejuicios, hábitos, valores, experiencias, conocimientos, emociones, sentimientos; todo lo que somos y vivimos condiciona nuestros recuerdos. Y estos, a su vez, nuestro modo de actuar. De hecho, la principal función de la memoria sería esa: evaluar el pasado para actuar en el presente y planificar el futuro.
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Hablamos con una de las grandes investigadoras sobre la memoria, la directora médica del Departamento de Neurobiología Clínica del Hospital Universitario de Heidelberg (Alemania). | Por Maik Großekathöfer y Claus Hecking
XLSemanal. Hoy, todo el conocimiento está en Internet. ¿Qué hace eso a la memoria?
Hannah Monyer. Si solo miras un sitio web brevemente, te costará recordar lo que has leído, lo olvidarás rápidamente. Buscar algo en el diccionario lleva más tiempo, pero si te esfuerzas retienes más la información. La recompensa viene con el esfuerzo.
XL. ¿Busca datos en Google?
H.M. Rara vez. Tampoco miro el móvil. Solo una vez por la mañana, otra a la hora de comer y otra por la noche. Cuando recibo un correo, mi móvil no me avisa. Que tus pensamientos se vean constantemente interrumpidos por algo nuevo es peligroso.
XL. ¿Por qué?
H.M. En el mundo digital, ya no te molestas en almacenar nuevos conocimientos. Eso afecta a tu memoria asociativa; esa que te permite almacenar nueva información y recuperarla gracias a su similitud o conexión con un conocimiento existente. Si almacenas menos información, asocias menos. Recordar no es algo pasivo, sino un proceso activo que depende en gran medida de lo que ya sabemos. Si no mantenemos nuestra memoria en forma, se atrofia.
XL. Los móviles son como los discos duros externos de nuestro cerebro. Guardan números de teléfono, fechas importantes...
H.M. Una vez se me cayó el móvil en el baño y perdí los números de teléfono. No quiero demonizar lo digital, pero la pregunta es: si ya no tengo que recordar A, B y C, ¿qué recuerdo en su lugar? Puedo usar el tiempo ganado para aprender otras cosas. Debería hacerlo, de hecho. Pero, lamentablemente, la mayoría no lo hace.
XL. ¿Qué pasa si no lo hacemos?
H.M. El cerebro desconecta las sinapsis que no usa, es decir, desaparecen los puntos de conexión entre dos neuronas. La información deja de fluir. Y, una vez que se fue, se fue. El lema del cerebro es: «úsalo o piérdelo». Aunque puede formar nuevas sinapsis, a medida que envejecemos resulta más difícil.
XL. Los niños están horas con el móvil. ¿Qué hace eso a su cerebro?
H.M. No lo sabemos; nos faltan estudios a largo plazo. Pero cuando veo a una madre dándole su móvil a su hijo de 2 años para calmarlo puedo decir con certeza: eso no es bueno. Evita que los niños desarrollen la capacidad de permanecer tranquilos concentrados en una única tarea, de fluir...
XL. ¿Y qué es fluir?
H.M. Para mí, fluir tiene una dimensión espiritual. Es estar desapegado del tiempo y el espacio, fusionarse con algo, física, emocional y cognitivamente. Un niño que pinta, que está completamente concentrado en la tarea que tiene entre manos sin olvidarse de sí mismo; ese niño fluye. Los niños demasiado expuestos a lo digital no aprenden a alcanzar este estado. La avalancha de señales pone tu cerebro en un estado de alerta permanente. Y el cerebro tiene una capacidad limitada.
XL. Hay científicos que advierten sobre la demencia digital. Aseguran que lo digital daña las estructuras cerebrales.
H.M. Lo que yo puedo decir es que el proceso de recordar consta de tres pasos: registrar la información, consolidarla en la memoria a corto o largo plazo y recuperarla. Cuanto más atento estoy a algo, mejor lo asimilo. Luego, durante las fases de descanso, el cerebro reproduce una y otra vez lo que hemos aprendido, a cámara rápida, para condensarlo y estabilizarlo: así se guarda. Los tres pasos –la percepción, la observación y el recuerdo– pueden verse alterados por estímulos externos. Si miramos constantemente el móvil, nuestra capacidad de atención es menor.
XL. Pero ahora se puede estar en una videoconferencia y mandar un correo al mismo tiempo. ¿No es eso positivo?
H.M. ¿Podemos hacer eso realmente? La gente solo consigue hacer algo de forma eficiente cuando se concentra. Eso sí, en la vida cotidiana muchas veces hacemos cosas a la vez. Por ejemplo, no hay problema si sales a caminar y aprovechas para pensar. Todo lo contrario, el ejercicio beneficia el proceso creativo. Pero difícilmente se pueden realizar dos tareas cognitivas al mismo tiempo sin que su curva de desempeño caiga. Y con más de dos tareas la caída es abrupta. Prohibí a mis alumnos escuchar música mientras trabajaban en el laboratorio. Hago ejercicio durante una hora todos los días, nunca con auriculares: me escucho a mí misma y encuentro mi ritmo.
XL. ¿Come delante del televisor?
H.M. ¡No! Cuando he cocinado pasta, quiero olerla, sentirla en mi boca, saborearla. Algo se perdería si combinara la comida con otra actividad.
XL. ¿Es usted antidigital?
H.M. Bueno, uso la calculadora, leo libros electrónicos...
XL. ¿Qué debo hacer para entrenar mi memoria?
H.M. Dormir bien y encontrar algo que desafíe tu cerebro y te divierta. Puede ser un sudoku, acertijos de lógica o el ajedrez, pero tiene que satisfacerte.
XL. ¿Qué hace usted?
H.M. Toco el piano y el violonchelo. Tocar música activa áreas motoras, auditivas y visuales del cerebro de forma muy eficaz. Y estudio español. Aprendí italiano con 30 años, y era más fácil. Ahora tengo que repetir el vocabulario seis veces en lugar de tres. La repetición es importante. Si memorizas algo y dejas de repetirlo, el 80 por ciento se olvidará a las seis semanas.
XL. Increíble.
H.M. Lo que has aprendido hay que consolidarlo. Cuando has aprendido algo nuevo, en los primeros minutos posteriores eres muy susceptible a las influencias externas. Por eso debes tomarte tu tiempo y cerrar los ojos. No tiene que ser mucho rato, uno o dos minutos; de lo contrario, todo podría volver a desaparecer de inmediato.
XL. ¿Qué son los recuerdos?
H.M. La memoria determina quiénes somos o queremos ser. Todos mis recuerdos son parte de mi identidad. La memoria mueve los hilos de nuestra vida en un segundo plano, construye la trama que da continuidad a nuestra personalidad.
XL. ¿Tiene miedo a perder la memoria?
H.M. Mucho. Pero a mí no me pasará. Mi padre murió de alzhéimer. Mi madre murió dos años antes que él. Estaba decrépita y simplemente dejó de comer. Si noto que pierdo la cabeza, haré lo mismo.
Para eso sirven los recuerdos. Ahora bien, su almacenaje, evocación y reinterpretación es apenas una parte del proceso, lo que se conoce como 'la memoria a largo plazo'. Es la más importante, claro, el fin último de todo, pero ¿cómo llega una experiencia o una determinada información a convertirse en recuerdo?
La ciencia distingue tipos de memoria que son, en realidad, las fases por las que pasa la información hasta quedar fijada en nuestro cerebro: memoria sensorial, memoria a corto plazo y la ya citada memoria a largo plazo.
Charan Ranganath
Neurocientífico
La sensorial define la etapa más temprana del proceso en que, de forma inconsciente, retenemos información del entorno y sus múltiples estímulos durante, máximo, cuatro segundos. Entre todo ese alboroto, el cerebro guarda lo que estima pertinente y evalúa si lo envía a la memoria a corto plazo, que se encarga de gestionar la información de la que somos conscientes. En esta fase, casi toda la información que recibimos se borra en 20 o 30 segundos. Retenemos aquello a lo que de verdad prestamos atención. Verbalizar o repetir lo que nos interesa recordar permite que se asiente, se codifique y sea sometido finalmente a la 'consolidación de la memoria', el paso definitivo a la memoria a largo plazo, almacén y gestor de los verdaderos recuerdos.
Hay detrás de todo esto un complejo baile bioquímico. Simplificando mucho, un recuerdo es inestable hasta que, mediante la creación de sinapsis, queda fijado en conjuntos de neuronas específicos. Y ahí se queda, en la memoria inconsciente, hasta que lo evocamos. Las vías neuronales que lo preservan se reactivan, vuelve a hacerse inestable y, al fijarse de nuevo, queda impregnado por la información que, de forma inconsciente, le hemos añadido. Por eso cuando lo volvemos a evocar ya no es el original. «Actualizamos los recuerdos cada vez que los recordamos», recalca Ranganath. Este es el modo en que nos 'traiciona' nuestra memoria.
'Traición' que, ojo, no debe entenderse como algo negativo. Es la clave, sin ir más lejos, de la terapia conductual. Porque, cuando un recuerdo se evoca, se vuelve permeable a nuestro estado de ánimo en ese momento. Y, si este es positivo, lo podemos modificar en esa dirección. «Al compartir recuerdos tristes o traumáticos, cambia mi perspectiva sobre ellos, los actualizo y puedo transformar mi relación con ese hecho del pasado –subraya Ranganath–. La actualización de los recuerdos, por lo tanto, es un proceso que lleva implícito un sentido dinámico del yo, porque nos da el poder de cambiar nuestro sentido de quiénes somos».
Y esa es la clave. La memoria puede resultar un laberinto misterioso –influido por aspectos genéticos, bioquímicos, personales...–, pero cada individuo tiene, en realidad, un gran poder sobre ella. Entrenarla, mejorarla, reforzarla depende de nosotros mismos. «La gente cree que la memoria se ejercita sin esfuerzo –prosigue el neurocientífico–, pero en el trabajo personal reside buena parte de la diferencia entre lo que queremos y lo que somos capaces de recordar».
Todo nos influye, en realidad, desde el mismo momento en que nacemos. Durante los cuatro primeros años de vida, la producción de neuronas en el hipocampo de ambos hemisferios del cerebro –zonas capitales en la formación de nuestros recuerdos– es un auténtico torrente. El flujo prosigue a partir de los 4 años, la edad que, por lo visto, marca el inicio de la llamada 'memoria autobiográfica' (colección de los recuerdos de nuestra historia vital) y, con ella, lo que se conoce como 'amnesia infantil'.
1
Cuanto más, mejor. Amortigua el deterioro cognitivo ante el envejecimiento. Hace crecer la materia gris y las conexiones neuronales.
2
Ayuda a implantar los recuerdos en el cerebro.
3
Las emociones generan recuerdos más intensos y duraderos. Conecta tus experiencias con emociones positivas y te será más difícil olvidarlas.
4
Creer que perderemos recuerdos con la edad agrava el problema. En China, la India o Japón, donde no está extendido el estigma de que son 'olvidadizos', los mayores sacan mejores notas en las pruebas de memoria.
5
Una hormona que se genera al hacer ejercicio estimula el crecimiento del hipocampo y la corteza prefrontal, regiones claves para la memoria y para reducir el riesgo de neurodegene-ración.
No es una patología, descuida, nos pasa a todos. Los recuerdos de nuestros primeros años, simplemente, van quedando sepultados bajo el peso de esta nueva fase de la creación del yo, impulsada por el desarrollo del lenguaje y la maduración de los procesos de consolidación de la memoria.
Lo que nos lleva a otro concepto clave en este universo: el olvido. Contrariamente a lo que se suele pensar, no es lo opuesto a la memoria. Su antítesis es, en realidad, la amnesia, ya que el olvido es parte del sistema de la memoria. Está, de hecho, completamente a su servicio (salvo que sea resultado de problemas neurodegenerativos).
«Si recordáramos todo, estaríamos la mayoría de las veces tan incapacitados como si no recordáramos nada», escribió William James, uno de los padres de la psicología, allá por 1890. Es decir, sin el olvido la memoria no puede ser eficaz porque, más que los detalles, nos interesa la esencia de lo que percibimos para ayudarnos a sobrevivir –interpretar, analizar, concluir, decidir...– en un entorno cambiante.
Jorge Luis Borges lo expresó como nadie en Funes el memorioso, relato de un personaje ficticio que lo recordaba todo: «Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles». La neuropsicología lo demostró con el caso de Solomón Shereshevski, un mnemonista que recordaba cada cosa que veía, leía o escuchaba de forma 'fotográfica', pero era incapaz de analizar textos, captar dobles sentidos, hacer razonamientos lógicos y matemáticos y dejar espacio en su memoria a las cosas verdaderamente importantes de la vida.
El olvido, en todo caso, tiene mala fama. Perder las llaves u olvidarnos de una cita son dos buenos ejemplos de situaciones que atribuimos a una supuesta 'mala memoria', cuando, en realidad, se deben a que nunca recordamos con facilidad aquello a lo que no prestamos atención. Además, entre el momento en que dejas las llaves y el que las buscas recibes una avalancha de estímulos –vas al baño, hablas por el móvil, cocinas, cuelgas la ropa, discutes con tu pareja...– que interfieren en un recuerdo que apenas dejó un breve trazo en tu memoria sensorial. Recientes estudios revelan, eso sí, que hay personas más vulnerables a las interferencias que otras.
José María Ruiz-Vargas
Psicólogo e investigador
Del mismo modo, también hay personas más proclives a perder memoria con la edad. «Hay aspectos que declinan, pero no es cierto que la memoria disminuya siempre con el tiempo. Todo depende del recorrido vital de cada uno –explica el psicólogo e investigador de la memoria José María Ruiz-Vargas en su libro La memoria y la vida (Debate)–. Hay personas de edad avanzada con deterioro cognitivo patológico y otras que experimentan un declive cognitivo leve en habilidades muy concretas, pero también hay muchos adultos cuyos procesos y capacidades cognitivas se preservan toda su vida».
Amplio es, como se ve, el campo de la memoria y muchas las áreas de investigación activas y sus misterios pendientes, pero si hay una certeza sobre los recuerdos es que perduran mejor los que brotaron acompañados de sentimientos intensos. Se graban con más fuerza en el sistema límbico, repartidos por estructuras como la amígdala, el tálamo o el hipocampo, áreas relacionadas con las emociones, que son, como dicen los expertos, el mejor cemento para la memoria.
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