Ya sabíamos de sus enormes destrezas, pero un nuevo estudio ha dado un paso más: su fidelidad al grupo es tal que piden ser asesinadas por sus hermanas si ponen en peligro a la comunidad. Descubre de lo que son capaces las hormigas por el bien común.
Cuando sienten que están enfermas, contagiadas por el letal hongo Metarhizium brunneum, emiten una señal para alertar a sus compañeras. El mensaje es sobrecogedor: piden ser asesinadas para evitar contagiar a la comunidad. Las que realizan este gran alarde de altruismo son pupas (crías en fase de transformación entre larva y adulto) de hormigas Lasius neglectus. Ya conocíamos las increíbles destrezas y la colaboración grupal ejemplar de estos insectos, pero este descubrimiento reciente demuestra una capacidad inusitada de sacrificio por el bien común.
Lo más habitual incluso en muchas especies de animales sociales es que el individuo enfermo intente ocultarlo para no ser agredido o expulsado por el ... grupo. Esta inmolación de las pupas de hormiga es llamativa.
Lo acaba de descubrir un equipo de investigadores del Instituto de Ciencia y Tecnología de Austria liderado por la ecóloga del comportamiento Erika Dawson. «Se sabía que, cuando las crías están enfermas, acuden hormigas obreras, les quitan el capullo, lo muerden y le inyectan ácido fórmico para matarlas», explica. Pero se ignoraba que eran las propias pupas las que pedían ser eliminadas.
Al analizar a las pupas muertas, los investigadores comprobaron que habían sufrido cambios químicos. Hasta ahora se desconocía por qué. La respuesta la han dado los experimentos del equipo liderado por Dawson: contagiaron a las pupas con el hongo y constataron que eran ellas las que provocaban el cambio químico en los hidrocarburos cuticulares que las cubren; era su manera de comunicar que estaban contagiadas y que suponían un peligro para el grupo. Y lo hacían solo cuando estaban muy enfermas y vaticinaban que su sistema inmunitario no iba a vencer al hongo letal. Y lanzaban esa alerta solo cuando había hormigas obreras cerca, es decir, cuando alguien podía atender su petición de muerte altruista.
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Algunas especies rescatan a compañeras heridas tras un ataque. Las limpian, las transportan y las ayudan a recuperarse. Sin embargo, si una hormiga está demasiado dañada o infectada, es abandonada. La empatía existe, pero subordinada al bien del grupo.
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Cuando una hormiga intenta reproducirse sin ser reina o evade su trabajo, puede ser agredida, inmovilizada o expulsada. La cooperación se mantiene gracias a mecanismos de vigilancia y castigo colectivo.
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Nacer obrera, soldado o reina no es cuestión de mérito, sino de biología y alimentación larvaria. No hay ascensos. La desigualdad no solo es aceptada: es estructural. Y, aun así, el sistema funciona con una eficiencia brutal.
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Aunque son famosas por su incansable trabajo, no todas las hormigas están siempre ocupadas. Estudios sobre hormigas de fuego revelaron que solo alrededor del 30 por ciento realiza el 70 por ciento del trabajo. Lejos de ser un fallo del sistema, esta aparente holgazanería evita atascos en los estrechos túneles del hormiguero. Cuando el tráfico se vuelve excesivo, algunas hormigas interpretan el choque como una señal para detenerse, mejorando así la eficiencia global.
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A los humanos nos gusta pensar que la agricultura es una prueba de nuestra inteligencia. Sin embargo, millones de años antes de que sembráramos el primer campo, las hormigas ya cultivaban. Más de 250 especies mantienen auténticos jardines de hongos que plantan, cuidan y protegen. Según investigaciones del entomólogo Ted Schultz, del Museo Nacional Smithsonian de Historia Natural, estas prácticas comenzaron hace más de 60 millones de años, justo antes de la extinción de los dinosaurios.
Otra sorpresa fue verificar que esto no sucedía en las pupas de las hormigas reinas. ¿Es que a ellas no les preocupa contagiar a la colonia? No es esa la razón, aseguran los investigadores. Las pupas de las reinas no emiten una señal de alarma cuando están contagiadas porque su sistema inmunitario es más eficaz que el de las obreras, así que cuentan con someter al hongo por sí mismas.
«Este estudio demuestra la existencia de un sistema de inmunidad social muy fino y sofisticado donde las pupas solo piden ser sacrificadas cuando su sistema inmune no puede superar la infección. Esto evita eliminar individuos recuperables y mantiene la salud global del superorganismo que constituye la colonia», explica el artículo de la revista Nature donde se explica este hallazgo.
Los científicos equiparan el sacrificio de las pupas obreras con el modo en el que «las células infectadas en un organismo multicelular alertan al sistema inmune para ser eliminadas, preservando así la integridad del organismo completo».
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Una colonia de hormigas funciona como un superorga-nismo: cada hormiga sería equivalente a una 'célula' y la colonia se comporta como un solo cuerpo. Hay 'células' especializadas: obreras que logran alimento y lo distribuyen (metabolismo), soldados que defienden (inmunidad) y castas reproductoras. La coordinación no depende de un 'cerebro central', sino de señales locales que, sumadas, producen inteligencia colectiva y decisiones robustas. Esa inteligencia emergente puede superar a la individual: en determinados experimentos del Instituto israelí Weizmann, los
grupos de hormigas que movían cargas por un laberinto mostraron una cooperación más eficaz que los humanos en grupo, con una especie de memoria colectiva que evita repetir errores.
El grupo importa más que el individuo. Las pupas enfermas que se sacrifican no significan una pérdida de valor reproductivo para el grupo porque son obreras que no se reproducen. Erika Dawson añade, además, que «el sacrificio de las pupas es un acto altruista, pero también actúan en su propio interés porque significa que sus genes van a sobrevivir y ser transmitidos a la próxima generación».
El parentesco es una de las razones que explican este altruismo. Las obreras, la mayoría hembras estériles que dedican su vida a cuidar a la reina y a sus crías, son genéticamente muy similares a la reina (son sus hijas) y a las otras hormigas obreras (sus hermanas).
La inmolación de unas para salvar al resto es una eficaz estrategia evolutiva que practican varias especies de estos insectos. Otro estudio realizado por la Universidad de Wurzburgo (Alemania) descubrió que las hormigas de la especie Formica fusca amputan las patas de sus compañeras para salvar sus vidas cuando padecen infecciones. Y además lo hacen en el fémur, no en la tibia, porque la hemolinfa (una sustancia similar a la sangre) fluye más despacio en el fémur, lo que disminuye la velocidad de propagación de los patógenos.
El biólogo Erik Frank, quien lideró esa investigación, explicó que esa drástica medida «es una manera eficaz de salvarles la vida». Hasta ahora solo sabemos de dos seres vivos que realizan amputaciones para salvar vidas: los humanos y esas hormigas.
El altruismo se da también en las Colobopsis saundersi, unas hormigas carpinteras asiáticas que para repeler un ataque y salvar a la colonia hacen estallar su cuerpo para liberar una sustancia tóxica y pegajosa que aniquila al enemigo. Por algo también se conocen como 'hormigas explosivas de Malasia'. A las obreras del género Myrmecocystus las llaman 'hormigas mieleras'. También ellas se sacrifican por el grupo. Y de una manera cruenta. Su misión consiste en convertirse en despensas vivientes. Sus compañeras las ceban a la fuerza, de modo que sus abdómenes crecen desmesuradamente. Se transforman en grandes uvas rebosantes de un néctar dulzón. En caso de hambruna, sus compañeras se abalanzan sobre ellas y las devoran sin piedad.
Otras colaboraciones son menos sangrientas. Hay obreras que fabrican alfombras vivientes para proteger a la reina; las hormigas tortuga son fornidos soldados que cierran los túneles para proteger al grupo de la invasión de enemigos y lo hacen utilizando sus grandes cabezas como escudo. Y las tejedoras forman impresionantes castellets móviles y cimbreantes uniéndose unas a otras para alcanzar las hojas más lejanas. Y si es necesario forman largos puentes encadenándose entre sí sobre grandes alturas para que sus hermanas crucen pisándolas a ellas.
Se calcula que en la Tierra hay dos millones y medio de hormigas por cada ser humano. Eso demuestra que sus tácticas de supervivencia grupal son eficaces. Su altruismo las hace invencibles.
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