Aunque cientos de periodistas cubran un evento social, político o de cualquier índole, habrá anécdotas que jamás saldrán a la luz. Pero Inocencio Arias, uno de los embajadores más famosos de nuestro país, nos desveló algunas de ellos cuando publicó el libro, La trastienda de la diplomacia. Te contamos algunos de los secretos de los encuentros internacionales que hicieron historia.
Por Inocencio Arias y Eva Celada
Viernes, 29 de septiembre 2023, 13:56
En 1976, con el trono recién 'estrenado', el rey visitó Estados Unidos con un mensaje: apostaba por la democracia. El salió por la puerta grande... y la reina bailando. El embajador español en Washington, Jaime Alba, se enteró por la prensa de lo que iba a ser el momento más importante de su mandato en EEUU.: el Rey Juan Carlos visitaría el país a mediados de ese año, 1976. No era la primera vez que ponía pie en suelo estadounidense, pero sí la primera que lo hacía como monarca. Y le tocaba despejar una gran incógnita: el alcance de su compromiso democrático. Nada podía quedar al azar, y fue el ministro de Exteriores, José María de Areilza, quien se encargó de los preparativos, aunque con la ayuda del embajador. La visita tendría lugar a finales de junio, pero ya en abril viajó una avanzadilla que trabajó con dos lobbies de relaciones públicas.
El encuentro oficial arrancó cuando el presidente Ford recibió a los Monarcas en la Casa Blanca. No era la primera vez que se veían. En ... 1973, Ford acudió –como vicepresidente– al sepelio de Carrero Blanco en Madrid y pidió entrevistarse en privado con los futuros reyes: «Guardó distancia, con esa superioridad a veces insufrible de los estadounidenses», ha dicho la Reina. «Sin embargo, nos dio claves políticas muy provechosas.»
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Esta vez, el ya presidente arrancó con buen pie: «Todos los estadounidenses le desean lo mejor en la ruta que ha emprendido». Quedaba, sin embargo, la prueba de fuego: la intervención del Rey en el Congreso el 2 de junio. La ovación interrumpió el discurso cuando aludió al «acceso ordenado al poder de las distintas alternativas de gobierno». «Un rey para la democracia» titulaba The New York Times. Lo que no contaban los diarios es que, en el almuerzo ofrecido en la Casa Blanca, un espontáneo se empeñó en sacar a bailar a la Reina, quien, aunque se resistió, no tuvo más remedio que acabar aceptando.
En un momento en que el régimen franquista sufría de la carestía interna y del ostracismo internacional, el presidente Perón echó un cable al dictador: llegaron de Argentina 20.000 toneladas de habichuelas, 25.000 de carne, 400.000 de trigo... Pero lo que más huella dejó fueron los apenas 50 kilos que pesaba Eva Perón, que visitó nuestro país en 1947, cuando la ONU había decretado la exclusión de España del Plan Marshall y la salida de los embajadores del país. Entre tantas malas noticias se recibió con alegría a ‘la Marshall criolla’. Franco echó el resto en los preparativos. El periplo –con paradas en Las Palmas, Ávila, Valencia, Madrid y Barcelona– duró tres semanas. Ni un día repitió atuendo la ‘presidenta’ y el estilo colorista que exhibió fue imitado durante años. Exceptuando quizá los abrigos de piel... ¡en pleno mes de julio!
Eva Perón venía con ánimo de dar un espaldarazo al régimen y lo mantuvo: «Los veo tan felices al lado de su Caudillo», dijo en su discurso de despedida, aunque en privado no podía resistir la tentación de comparar. La mayor parte de las pullas le caían al escritor y diplomático Agustín de Foxá. Que si las calles están menos iluminadas que en Argentina, que si los coches dejan mucho que desear... criticó hasta la calidad del papel higiénico.
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Si el séquito de Eva Perón era seguido por las calles por miles de ciudadanos que coreaban su nombre (los días de su visita eran festivos en las localidades por donde pasaba), años más tarde los españoles, poco doctos en idiomas, pasaron más apuros para gritar otro nombre: el del presidente estadounidense Ike Eisenhower.
Seguramente hayan leído ‘Aik’, pero en aquella época se leía literalmente. Hubo que explicárselo a Eisenhower, quien, poco antes de subirse al Air Force One, expresó su gratitud «a las miles de personas que han gritado con pronunciación española mi apelativo». Era diciembre de 1959 y ya se habían firmado los acuerdos que permitían establecer bases norteamericanas en territorio español. La ONU había admitido a España y el presidente estadounidense pensó que era hora de visitar el país. Franco no ocultaba su emoción y la visita fue un éxito. Tanto entusiasmo permitió incluso premiar a los chóferes de la comitiva con una gratificación de 400 pesetas.
Cuando Suárez aterrizó en Cuba, sólo un dirigente occidental (el primer ministro sueco Olof Palme) había visitado el régimen castrista, así que era de esperar sorpresas. Y las hubo, como la pistola, cargada, que se le cayó a Castro del cinturón; los micrófonos que se encontraron en la Embajada española o el paseo en coche que Castro insistió en dar a su invitado... con él al volante. Aun con esto, lo que dejó boquiabiertos a todos fueron las palabras del comandante al despedirse: «El pueblo cubano no podía olvidar que España y el anterior jefe del Estado habían sido solidarios con Cuba...». Sí, Castro estaba piropeando a Franco.
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Sorprendente fue también la visita a España del feroz dictador rumano Nicolae Ceaucescu, quien había jugado un papel clave en la reunión de Don Juan Carlos con Carrillo en la que los comunistas se comprometieron a no mover un dedo hasta que fuese rey. Muchos vieron en la visita una muestra de agradecimiento. El programa siguió la agenda habitual, pero las maneras, casi medievales, del dictador, sorprendieron a todos: traía un catador que probaba sus comidas antes que él y en el palacio de Aranjuez, donde se hospedaron, pidieron que el servicio fuese descalzo.
Pero la visita con más eco fue la de Arafat. La postura del Gobierno español (no habrá paz sin una resolución de la ONU que reconozca los derechos del pueblo palestino) fue adoptada más tarde por la comunidad internacional.
El debut de Francisco Fernández Ordóñez como ministro de Exteriores no fue fácil. Corría el año 1985 e iba a estrenarse con la primera visita a China de Felipe González como presidente. Las dificultades comenzaron antes de llegar: el vuelo de la comitiva –con abundantes periodistas a bordo, además de empresarios, personal gubernamental y la esposa del presidente, Carmen Romero– fue expulsado del espacio aéreo de Bulgaria y más tarde, en Irán, llegó a ser escoltado por dos cazas que también lo obligaron a salir de su zona territorial. Mal comienzo (y abundantes críticas) para un viaje que todavía traería sorpresas, aunque ya sólo fueron meras cuestiones de protocolo que descolocaron a muchos ‘novatos’.
Nada que ver ese arranque del ministro con lo que sucedió a partir de una sorprendente llamada que Ordóñez recibió a las cinco de la mañana el 17 de octubre de 1991. «Paco, soy Jim Baker», escuchó, soñoliento, el ministro. «Ésta es una propuesta loca. ¿Podría España organizar la Conferencia de Oriente Próximo para finales de mes?»
La conferencia en cuestión debía reunir en la misma mesa a enemigos inquebrantables, un reto que implicó a las delegaciones diplomáticas de múltiples países. James Baker III, secretario de Estado del presidente Bush padre, fue el artífice de la reunión. En seis semanas llegó a reunirse ocho veces con el primer ministro israelí Isaac Shamir y en un encuentro posterior con el presidente sirio, que duró nueve horas y media, Baker se vio obligado a justificar a un colaborador: «Discúlpelo – dijo con ironía–, ha tenido que hacer una llamada telefónica urgente desde el cuarto de baño». Son estrategias de agotamiento que alguno ha definido como ‘diplomacia de la vejiga’
Con todo, se logró resolver el escollo principal: todos aceptaban la celebración de la cumbre. Quedaba un ‘pequeño’ problema: ¿dónde? Se fueron descartando Washington, Praga, El Cairo, Ginebra... Se optó finalmente por La Haya, pero Siria se opuso. Baker preguntó a Asad, el presidente sirio: «¿Qué tal Madrid o Lisboa?». «Madrid es mejor», fue la respuesta.
La consecuencia inmediata fue la llamada telefónica que sacó a Ordóñez de la cama. «Necesito que me respondas en media hora», remató Baker. La respuesta es conocida, y acto seguido comenzaron días de frenética actividad: harían falta más de 2.500 habitaciones para alojar a políticos, ayudantes, periodistas; movilizar a 15.000 agentes; gestionar los viajes de las delegaciones... Y todo, con unas garantías absolutas de seguridad y respetando el delicado protocolo que implica sentar en una misma mesa a enemigos tan ‘íntimos’. No fue fácil, pero se consiguió, y Madrid se convirtió durante unos días en «capital internacional de la paz», aunque los resultados posteriores no cumplieran con las expectativas.
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Por Inocencio Arias y Eva Celada
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