CINELANDIAS

'Río Rojo', retrato de un John Wayne bestial, viril, portentoso

En esta película, la más fordiana de las películas no dirigidas por John Ford, Howard Hawks logra la exaltación de unos tipos humanos irrepetibles, rebosantes de pasiones ancestrales, de la mano de un colosal John Wayne y el contrapeso de su antípoda, Montgomery Clift, en su primer papel importante. Una forma de vida extinta que, sin embargo, nos sigue interpelando misteriosamente.

Por Juan Manuel de Prada

Viernes, 19 de mayo 2023, 10:19

Escribir sobre Río Rojo (1948) significa escribir sobre John Wayne. Porque Wayne no representa tan sólo la encarnación prototípica del héroe del western, sino la encarnación mucho más elemental y difícil del hombre viril, o del hombre a secas. Esta es la razón por la que, tantos años después de su muerte, John Wayne sigue tan presente en el imaginario colectivo; y la razón por la que todos los intentos de execración de su figura han caído en saco roto. No ha habido ni habrá ningún actor en el mundo con ese don; y a quien no le guste John Wayne haría bien en hacérselo mirar por el médico, porque sin duda su aborrecimiento encubre alguna tara vergonzante. John Wayne es un pedazo de tío ante el cual no cabe sino la admiración rendida; y, además, es un actorazo como la copa de un pino, en contra de lo que los pichaflojas de sus detractores han divulgado.

En Río Rojo Wayne está bestial y humanísimo; esto es, portentoso. Cuentan que el socarrón de John Ford, después de ver esta grandiosa ... película de Howard Hawks (1896-1977), exclamó: «¡Si resulta que el hijo de la gran puta sabe actuar!». Pero Ford lo sabía perfectamente, por eso recurrió a él siempre que pudo; y siempre que recurrió a él, sus películas se convirtieron en obras maestras, porque Wayne era la proyección ideal –canónica– del universo fordiano. En Río Rojo, la más fordiana de todas las películas no dirigidas por Ford, vuelve a demostrarlo: su composición del vaquero Thomas Dunson –despótico y despiadado, pero a la vez noble y poseído de un sentido natural de la justicia– desborda la pantalla desde el primer fotograma; y, a medida que la película avanza hacia su desenlace, adquiere una envergadura mitológica que hace grandes, incluso, a los actores que le dan la réplica: así le ocurre, por ejemplo, a Montgomery Clift (algo así como el antípoda de Wayne), que aquí se estrena en un papel importante.

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