Cinelandias

'Rebeca', cuento de hadas siniestro y desquiciante

Historia de traumas psicológicos, prodigio de poesía macabra y claustrofobia fílmica en la que Hitchcok compone una actualización para adultos de los cuentos de hadas, con la sombra de Freud revoloteando al fondo. Una obra maestra del cine de misterio.

Por Juan Manuel de Prada

Viernes, 17 de noviembre 2023, 09:49

Dedicamos hoy esta sección a una película que Alfred Hitchcock no reconocía como propia, por carecer de los ingredientes formales y narrativos prototípicos del “suspense”; y que, sin embargo, constituye una obra maestra del cine de misterio, mucho más perdurable e influyente de lo que su director hubiese podido imaginar. Según confesión propia, Hitchcock rodó Rebeca (1940) sin pizca de pasión, sin más propósito que meter la cabeza en los estudios de Hollywood, que desde el comienzo de su carrera había sido su obsesión más recurrente, pues consideraba que el cine inglés constreñía tanto su genio como las fajas que habitualmente se ceñía constreñían su barrigón. David O. Selznick, que acababa de rodar Lo que el viento se llevó, lo fichó para dirigir una película sobre la tragedia del Titanic; pero luego recapacitó, pensando que tal vez fuese demasiado arriesgado poner un presupuesto mareante en manos de un director con ínfulas artísticas, y le endosó la adaptación de Rebeca, una novela de Daphne du Maurier, autora a la que Hitchcock acababa de llevar al celuloide en su última –y más bien calamitosa—producción británica, La posada de Jamaica (1939).

Laurence Olivier torturado. Laurence Olivier interpreta a Maxim de Winters, un viudo sombrío y torturado. Joan Fontaine hace un trabajo inolvidable.

Hitchcock afirma sin ambages que la novela de Du Maurier es «una historia antigua, pasada de moda». Tal vez tenga razón en el sentido más ... mostrenco de la expresión; pero lo cierto es que, a veces, lo que en literatura puede parecer anticuado depara en el cine resultados insospechadamente novedosos. Du Maurier es una rezagada de la novela gótica, cuyas convenciones entrevera con los mecanismos del whodunit más tradicional, un híbrido imposible entre Ann Radcliffe y Agatha Christie. Sus novelas, en efecto, adolecen de obsolescencia, con cierto tufillo de naftalina incluso (lo cual no obsta para que un lector irónico pueda gozarlas sin rebozo); pero su discutible encanto literario, que participa de lo kitsch y lo relamido, puede rendir unos resultados extraordinarios traducido a imágenes, porque su goticismo pasado de rosca, sus argumentos rebuscados y artificiosos, sus personajes aquejados de los trastornos psíquicos más superferolíticos, sus coqueteos con el género fantástico (siempre defraudados en el tramo final, en que los enigmas de apariencia sobrenatural son “explicados” racionalmente) contienen unas insinuaciones oníricas y unos climas de manicomio que funcionan como catalizador cinematográfico.

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