John Huston desenfunda su instinto de pícaro y crea truhanes con encanto, granujas con una trastienda de trémula humanidad y villanos que pueden convertirse en héroes. Es cine con un perfume a la vez melancólico y ásperamente viril y con Marilyn en uno de sus primeros papeles.
Por Juan Manuel de Prada
Viernes, 22 de diciembre 2023, 10:12
Cuentan las malas lenguas que John Huston jamás escribió una sola línea salida de su caletre: los guiones que firmó al alimón los escribían en realidad sus colaboradores; y los que firmaba en solitario eran versiones tan fieles de las obras en las que se inspiraban que sus diálogos eran siempre un calco del original. Amén de guionista holgón, Huston fue un director con excesivas limitaciones técnicas que disimulaba rodeándose de un equipo ducho en el oficio; y, sobre todo, con un desinterés casi patológico hacia su propia obra, que siempre consideró mucho menos importante que sus caóticos escarceos sexuales y sus farras etílicas.
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Pero Huston suplía todas sus carencias con el instinto y la gramática parda propios del pícaro, que sabía transmitir a los personajes de sus películas; ... y es precisamente esta capacidad para crear truhanes con encanto, granujas con una trastienda de trémula humanidad y villanos que, por pereza o cortesía, pueden convertirse inopinadamente en héroes lo que envuelve su cine con un perfume a la vez melancólico y ásperamente viril, como de un Hemingway remolón y capullete.
Todas las virtudes de Huston se concitan en La jungla de asfalto (1950), sin duda su mejor noir, por encima de la muy sobeteada El halcón maltés. Rodada en el gozne de dos décadas (y entre las mejores piezas de su filmografía), La jungla del asfalto se beneficia de muy valiosas aportaciones, empezando por la novela homónima de W. R. Burnett en la que se basa. Burnett, un escritor de género a la sombra de maestros como Hammett o Cain, legó a la posteridad un puñado de títulos notables, imbuidos de una suerte de fatalismo resignado y protagonizados por personajes contradictorios, postulantes de una suerte esquiva que después de entregarse renuentemente al crimen –por debilidad, por avaricia, por aturullamiento, por inepcia—acaban enviscados a su pesar en sus redes. A Huston este material se le antojó cera moldeable; y puso a trabajar en la adaptación a Ben Maddow, un guionista sin pujos de autoría. Por supuesto, el guión resultante lo firmaría también Huston, aunque sólo participó en la tarea aliviando diálogos y madrugando secuencias.
Huston deseaba evitar que la historia se perdiese en facundias superfluas, porque sabía muy bien lo que quería: la atmósfera, los personajes, ese microclima de sueños tronchados y tranquila derrota en el que respiran (o se asfixian) sus personajes. La secuencia de apertura (rodada en Cincinnati, a la hora legañosa y turbia del amanecer) es toda una declaración de intenciones: un coche de la policía patrulla la ciudad desierta y temulenta, mientras un tipo esquiva su escrutinio refugiándose en unos soportales; enseguida sabemos que Huston nos va a hablar de pobres diablos que juegan al escondite con la justicia, olvidándose de dar esquinazo al destino. Luego se sucede la presentación de personajes, sin rodeos ni requilorios, seca y fulgurante como un dry martini: Riedenschneider (Sam Jaffe), un viejo emigrado alemán con mucho talego en el currículum que aspira a dar el golpe definitivo, para poder refugiarse en México, en compañía de guapas muchachas; Emmerich (Louis Calhern), el patrocinador del golpe, dandy irónico y embaucador, arruinado y adúltero, que juega a los naipes con su esposa impedida a la vez que paga caprichines de poca monta a su amante florero (Marilyn Monroe, en uno de sus papeles primerizos); Dix Handley (Sterling Hayden), el matón que contratan para repeler cualquier ataque, en caso de que el atraco se complique, en apariencia un tarugo que, sin embargo, esconde la pudorosa nostalgia de una infancia en una granja de caballos de Kentucky.
Una vez reclutados los atracadores, La jungla de asfalto se demora en narrarnos el golpe, con un escrupuloso verismo que serviría de inspiración a muchas heist movies (empezando por el Atraco perfecto de Stanley Kubrick); para rematarse con una sucesión de secuencias prodigiosas, en las que asistimos a la derrota final de los protagonistas: Emmerich, víctima de la torpeza cándida de su amante, que acata su infortunio con una serenidad delicada y cortés; Riedenschneider, que antes de ser apresado se detiene en un bar de carretera y patrocina el baile de una muchacha ante la fonola, herido por el espectáculo de la belleza juvenil que nunca será suya; y Handley, que un segundo antes de cerrar los ojos aún alcanza a escuchar el relincho de los caballos en una granja de Kentucky y a aspirar el olor de la hierba recién segada, en uno de los finales más desgarrados y emocionantes de la historia del cine. Puro instinto cinematográfico.
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