Obra maestra y genial de Sam Peckinpah, lo mejor de este director. Es un paroxismo del western y una carnicería sin parangón, majestuosamente planificada, concebida como una tragedia fatalista. Con una inolvidable y estragadora secuencia final.
Por Juan Manuel de Prada
Viernes, 29 de septiembre 2023, 09:30
Grupo salvaje' (The Wild Bunch, 1968) es una animalada, tal vez la mayor animalada de la historia del cine; y cuando escribimos 'mayor' no pretendemos tanto medir el tamaño –considerable y nunca visto antes— de sus brutalidades como el grado de influencia que han tenido en el cine posterior. En efecto, todo el cine archiviolento y desquiciadamente sangriento que hemos padecido en las últimas décadas (con el sobrevalorado y refritero Tarantino a la cabeza) sería incomprensible sin esta película de Sam Peckinpah, que encumbraría a su director como icono de un cine en rebelión con las convenciones clásicas establecidas.
En realidad, Grupo salvaje es una película irreprochablemente clásica en sus registros narrativos, en su planificación y en sus recursos de montaje (con la ... excepción, si se quiere, del uso del ralentí, que Peckinpah acuñaría como marca de estilo); aunque no es menos cierto que establece una inflexión determinante en la evolución del western. No creemos que Peckinpah sea un cineasta a la altura de los grandes maestros que lo precedieron; y, en honor a la verdad, muchas de sus películas posteriores se nos antojan pretenciosas y aburridas, cuando no groseramente sensacionalistas (incluso las más celebradas, como Perros de paja). Pero Grupo salvaje es una obra maestra sin paliativos. Podríamos aducir en su menoscabo que algunos de sus logros ya habían sido anticipados por los directores mediterráneos (con Sergio Leone a la cabeza) que estaban reinventando el western; pero a Peckinpah corresponde el honor de probar esa reinvención sin ingredientes paródicos o manieristas. Porque Grupo salvaje es, en su concepción y en su plasmación cinematográfica, una obra clásica; en declarar sin ambages su filiación, a la vez que firma el acta de defunción del cine clásico, se halla su principal genialidad.
Antes de Grupo salvaje, Peckinpah ya había probado su oficio en un par de westerns crepusculares notables que, sin embargo, palidecen confrontados con esta obra maestra; y todos los que hizo después no alcanzarán ni de lejos su abrumadora y calcinada majestad, tal vez porque para entonces Peckinpah, infatuado de sus dotes, se puso a “experimentar” o, todavía peor, a marear la perdiz de sus hallazgos, a veces sin venir a cuento (¡ay, esos ralentíes a troche y moche!).
La acción de la película discurre en una época muy posterior a la que suele servir de telón de fondo a los westerns clásicos; y se inicia con una secuencia electrizante (el asalto a un banco, rematado con una ensalada de tiros) que en un western clásico sólo habría sido concebible como clímax final. De este modo, antes incluso de que nos presente a sus personajes, Peckinpah nos advierte que vamos a ver un western que, aceptando las enseñanzas de todos los que le preceden, nos sitúa en un territorio-límite que sus predecesores no han osado transitar; y, en efecto, enseguida descubriremos que Grupo salvaje se configura como un paroxismo del género.
Sus protagonistas son desesperados cuya forma de vida está condenada a la extinción; y su trama es la crónica de esa extinción, narrada del modo más desaforado y nihilista concebible, hasta concluir en una carnicería sin parangón, majestuosamente planificada, concebida al modo de una tragedia fatalista. Antes de llegar a esa inolvidable y estragadora secuencia final, los protagonistas habrán de enfrentarse a un dilema que los redime ante los ojos del espectador: pudiendo escapar, se enfrentarán a una muerte cierta, por tratar de rescatar (aunque en su fuero interno sepan que no podrán rescatarlo) a un compañero que ha sido hecho prisionero y sometido a las más crueles sevicias por el desquiciado general Mapache (Emilio Fernández), siempre rodeado por un séquito de asesinos borrachos.
La pasmosa fotografía de Lucien Ballard logra fundir en una misma argamasa el pasaje desértico de Durango y los rostros socarrados de los protagonistas. Grupo salvaje no sería, desde luego, lo mismo sin un elenco en estado de gracia, compuesto por veteranos —William Holden, Robert Ryan, Ernest Borgnine, Edmond O’Brien, Ben Johnson— que nos ofrecen unas interpretaciones ásperas que tienen algo de testamento vital anticipado; y a los que acompañan otros actores más jóvenes, como Warren Oates, cuyas carreras quedarían marcada a sangre y fuego por su participación en esta película. No hay tiempo en las dos horas largas de metraje para el remanso sentimental o el alivio elegíaco: todo en Grupo salvaje es acción descarnada y macho, purulencia moral, ardores de pólvora, almas que crepitan coruscantes de pecados sin remisión, mientras piafan los caballos, tiembla la línea del horizonte y tabletea una ametralladora.
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