Cinelandias

'El signo de la Cruz': lascivia, ninfomanía y oscuras depravaciones

Cecil B. DeMille ofrece una película de sensualidad enfermiza y oscuras depravaciones con una lascivia galopante, desnudos, baños lésbicos y escenas picantes que  sacaron de quicio a las ligas de la decencia.

Juan Manuel de Prada

Viernes, 12 de enero 2024, 09:50

No creo que nadie haya dominado mejor que Cecil B. DeMille (1881-1959) los resortes del cine con trasfondo bíblico o religioso. Pionero y casi fundador de Hollywood, execrado por varias generaciones de cinéfilos pelmazos (sospecho que por haber colaborado en la “caza de brujas” del senador McCarthy), nadie que no tenga completamente obturada la sensibilidad puede denostar hoy a DeMille, uno de los más grandes genios del cine, caracterizado por un estilo arrebatado y ampuloso, a la vez candoroso y sicalíptico, circunspecto e insinuante de oscuras depravaciones.

Censurada. El signo de la cruz fue mutilada algunos años después por la cofradía meapilas. Eliminaron los planos más sicalípticos o crueles y añadieron un prólogo moralizante y farragoso que da grima. En la foto, Fredic March en el papel de Marco y Claudette Colbert como su amante Popea.

Ya durante la época del cine mudo, DeMille había probado su destreza para las adaptaciones de asunto religioso, con títulos como Los diez mandamientos ( ... 1923) y El rey de reyes (1927); y, con posterioridad a El signo de la Cruz (1932), aún rodaría las fastuosas Cleopatra(1934), Sansón y Dalila (1949) y de nuevo Los diez mandamientos (1956).

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