Texto y fotografías: Zigor Aldama
Domingo, 9 de diciembre 2018, 13:21
Hay evidencias históricas de que las mujeres practicaron la cetrería desde el siglo VII antes de Cristo, pero la llegada del islam hizo que su número cayera en picado. En las competiciones de cetrería en las que participa Aikerim suelen ser unas tres chicas entre 97 hombres. Pero cada vez hay más mujeres interesadas y en países como Abu Dabi, algunos clubs ofrecen clases para formar específicamente a mujeres en este arte de caza ancestral.
Lo más importante para ser buena cetrera es la compenetración con el águila. La suya la atraparon en un nido cuando era un polluelo, hace ... cuatro años. Aikerim tardó dos meses en ganarse su confianza. Ahora son un equipo.
Como casi todos los que viven en la región mongola de Altái, la familia de Asker es nómada. Se mudan cuatro veces al año. Son ganaderos. Venden la piel y la lana de los yaks en los mercados, y su leche los alimenta.
En la escuela, la joven cetrera se ha convertido en un ejemplo de valentía y sus compañeros la animan. Sus profesores alaban el empeño que le pone a todo, aunque sus notas, dicen, podrían mejorar.
La familia de Asker vive en una yurta tradicional, una tienda de campaña circular. Su madre le hace las trenzas todas las mañanas. Las mujeres nómadas soportan todo el peso del hogar: mientras sus maridos llevan el ganado a pastar, ellas elaboran quesos, cocinan...
Aikerim y su padre acuden a la mayor competición del mundo. La cetrería es parte de la vida nómada y no se considera estrictamente un deporte. Se compite más por prestigio que por dinero. El premio más grande equivale a 200 euros.
Asker llama a su águila con un grito peculiar –propio de cada cetrero–. El animal acude, aunque se encuentre a más de 200 metros de distancia, y se posa sobre el guante de la niña. El golpe es tan fuerte que a veces el ave la tira del caballo.
Aikerim posa con su padre y su tío, que la apoyan, pero con limitaciones... Como la mayoría de las chicas, no podrá continuar con la cetrería al cumplir los 18 años. La familia quiere que vaya a la universidad, en la ciudad, o se case y se dedique a la familia.
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Texto y fotografías: Zigor Aldama
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