La Voz de Galicia

Isabel y Laura llevan la única escuela de disciplina positiva para familias de Galicia: «Lo más importante para un niño es sentirse visto y sentirse capaz»

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ana abelenda
Isa y Laura, en la escuela de familias que llevan en Narón.

A Laura y a Isa las une una amistad, una visión de la maternidad y un proyecto de equipo. «Un niño que se porta mal es un niño que se siente mal. Es peor no ver a un niño que pegarle. Ellos van a hacer lo posible para que los veas»,  advierten

06 Mar 2026. Actualizado a las 17:40 h.

Hoy que niños y adolescentes viven estresados como adultos, hay mucho adulto perdido a la hora de manejarse con niños y adolescentes en casa. Es una sensación común, muy espoleada por la falta de tiempo, las hinchadas agendas de pequeños y mayores, y esas mutaciones que la generación Z, como todas, trae consigo. Ni la infancia es como era hace 40 años ni recordamos tal como era la propia infancia. Todo lo cambia la perspectiva del tiempo. Con perspectiva, desde su experiencia como madres «perdidas» ante el día a día de educar a sus propios hijos nació la Escuela de Familias Equipo Laura, una suerte de primaria para padres, madres, abuelos y abuelas con que Isabel Fraguela y Laura Adela Fernández arman de herramientas de disciplina positiva al adulto en la tarea de criar. «Este es un lugar de encuentro, donde vienes a que te acompañen, te alienten y te entiendan… Vas a aprender a quererte como madre o como padre sin sentirte juzgado, a aceptar que cometes errores, y a la vez a querer hacerlo un poquito mejor», se presenta este tándem de amigas que tuvo en Laura el motor. «Yo empecé siendo alumna de Laura en las oposiciones. Me presenté por Audición y Lenguaje. Me atrapó desde el principio su manera de enseñar, de decirme que, si hacía caso a lo que me iban a enseñar, tarde o temprano iba a llegar la plaza», revela Isa.

La plaza llegó, admite la profesora, más tarde que temprano, y este fue el inicio de su amistad. «Fue un reto para ella. Una vez que saqué la plaza, nació Equipo Laura», explica Isa. Enseguida su objetivo como equipo de madres al tajo fue certificarse en disciplina positiva de la mano de Mónica Carneiro. Con esta tutora de primaria y entrenadora de disciplina positiva en las aulas, Isa y Laura se formaron en esos conocimientos que aúnan el cariño y los límites para poder, a su vez, formar a profesores, familias y empresas. Les atraparon en especial las familias, porque las dos eran madres en la faena de crecer. Laura con una adolescente y otra hija más pequeña; Isa, embarazada y con una niña de 2 años. «Lo vimos las dos muy necesario. Yo acababa de quedarme sin madre y ese acompañamiento me empezó a faltar... Laura comenzó a trabajarlo en las oposiciones y yo en el cole en el que estaba», explica Isa, que ve la disciplina positiva como una forma «de entender a los demás desde el respeto. Es nuestro estilo de vida».

En el 2017 comenzaron a formarse y la escuela de familias arrancó seis años después. Es por accidente que pasan a veces las buenas cosas de la vida. «Yo llegué a ser maestra por accidente, porque siempre fui una niña que se consideró débil. La hermana pequeña, mucho más pequeña, de cuatro hermanos, todos varones. Puedes imaginarte la tendencia a la sobreprotección y esa creencia mía de que nunca llegaría a ser nada. Hoy sería la niña que necesita refuerzo, pero no porque no tuviera capacidad (descubrí que sí la tenía), sino porque no tenían esa confianza en mí», revela Isa, que entiende que el exceso de amparo y protección paternal puede nacer de las mejores intenciones, del amor.

«Pero la vida solo tiene dos caminos: o es dura o es difícil», cita la docente a la experta en psicoterapia y educación para padres Anabella Shaked. La selectividad Isa la aprobó por los pelos, hizo Filología Inglesa y un día se dijo: «Lo mío son los niños», tras ejercer de «buena tía» con sus sobrinos. «Y antes de ser madre, claro, era facilísimo educar...», sonríe.

Cuando te conviertes en madre o padre, es más sencillo aprender a mirar desde la compasión, en vez de desde la superioridad. «No se trata de convencer a nadie, sino sobre todo de influir desde lo que haces. Este es nuestro papel», cuenta Isa. La primera sesión en sus clases de disciplina positiva para adultos se centra en que se perciba que «este es un entorno seguro, libre de culpa y de juicio. Consideramos el error una forma de aprender. Si no te equivocas, no aprendes». Y esos errores que han cometido, ven ahora, las han ayudado a ellas a llegar donde están hoy, «acompañando a otras familias».

 

¿QUÉ ES LO QUE QUIEREN LOS NIÑOS?

La disciplina positiva no es novedad en Galicia. «Puede parecerlo, pero viene ya de finales del siglo XIX, de psicólogos que decían que los niños merecen el mismo respeto que los adultos». En su momento, en una sociedad más vertical, aquellas ideas no tuvieron una gran acogida, «pero ahora los estudios demuestran que ese respeto ayuda al desarrollo del cerebro, la adquisición de habilidades sociales y competencias para la vida».

Expertos como el psicólogo José Antonio Luengo advierten que la mitad de los trastornos mentales en adultos afloran ya antes de los 15 años. «Yo misma sufrí depresión y ansiedad con 18. Tuve un soporte familiar y saqué fuerzas. Tuve suerte», valora Isa.

Este acompañamiento que ayuda a afrontar los momentos de vulnerabilidad y duda ofrecen los talleres de disciplina positiva. «Lo principal en ellos es la vivencialidad. Tú te pones en la piel del niño y aprendes a entender lo que siente, piensa y las decisiones que toma. Lo que buscan los niños es pertenecer al grupo, a veces no lo hacen de la manera adecuada, y eso se ve en la conducta», explican

El objetivo: que los niños se sientan vistos, tenidos en cuenta e importantes. ¿Cómo? «A través de su contribución, dándoles oportunidades de que se sientan capaces. De hacer ellos las cosas. Un ejemplo: la ropa; mis hijas deciden desde pequeñas la ropa que se ponen (muchas veces heredadas de sus primas), bajo unas condiciones que pongo yo como adulta», cuenta Isa.

«La ropa es una lucha de poder. Todo el día, cuando tienes hijos, está lleno de luchas de poder. Son pequeñas, pero importantes. Y el no está demostrado que suele llevar a que los niños hagan justo lo contrario de lo que les pides», continúa Isa. ¿Pero habrá que decir no a veces? «Claro —acepta—, pero hay otras formas de decirlo. ‘‘Entiendo que no quieras ir a piscina hoy, pero tienes un compromiso, no es negociable’’». En lugar de normas, hay acuerdos, y se pone siempre sobre la mesa «qué es necesario para nosotros como adultos y para ellos como niños». Son acuerdos que se revisan de forma periódica, «pero no se penaliza desde la humillación» o el castigo. Se parte de que, al sentirse tenidos en cuenta, los niños van a colaborar en lugar de resistirse.

¿Quiere esto decir que nunca van a montar un pollo? «¡Por supuesto que no! Pero, al final, quienes siempre complacen, consienten y nunca se resisten llevan algo dentro que al final acabará explotando algún día», señala Isa.

Hay herramientas útiles, aseguran. Todo, al educar con disciplina positiva, comienza para ellas poniendo el foco en «lo que te remueve a ti, en la tecla que toca en ti. No va del niño o la niña, va de ti; de lo que te hace sentir cuando te reta, cuando te miente o te monta un pollo. Cómo reaccionas habla de tu historia».

Las dos se esfuerzan sobre todo en ser «un ejemplo de imperfección» para sus hijos. «Porque es muy importante que los hijos vean que fallar es inevitable», conciben. Las dos están de acuerdo con Anabella Shaked: «La única madre perfecta es la que no tiene hijos».

¿Castigos, sí o no? «El enfoque castigo y premio funciona. Nadie lo niega. ¿Pero para qué sirve? Para cortar la conducta, pero nuestro objetivo es el largo plazo. Está demostrado que el castigo es un lastre que, al final, acaba con la autoestima. Y el premio lo que hace es poner el foco en el resultado. Lo que haces, el proceso, pierde valor. La punta del iceberg es la conducta, debajo del mal comportamiento hay siempre una necesidad no cubierta. Los adultos nos dejamos impresionar por la conducta en lugar de mirar al niño y entender qué necesita. Un niño que se porta mal es un niño que se siente mal. La neurociencia dice que es peor no ver a un niño que pegarle. Ellos van a hacer lo posible para que los veas. Tu papel como adulto no es ignorar o castigar su conducta, es saber leer esa conducta. Tratamos de dar las herramientas para eso», concluyen.


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