Pobre celtista
Vigo
15 Jun 2016. Actualizado a las 05:00 h.
Ya llovió desde que Fernando Comesaña, abonado del Real Club Celta desde 1963, salió a la calle a expresar su indignación. Era uno de los 5.000 ciudadanos que hinchó pecho para protestar por la injusta sanción impuesta a Míchel Salgado en un partido de fútbol. Fue hace 18 años. Hoy, Fernando vuelve a estar muy, pero que muy cabreado. El club de sus amores, ese por el que es capaz de romperse la cara o la camisa si hace falta, le ha subido el precio del abono en casi un 20 por ciento. En casi 20 años, el celtista no sintió la necesidad de salir a gritar a los cuatro vientos el dolor de las injusticias. Pero hoy vuelve a experimentar ese prurito, el desasosiego del que advierte la traición.
Y mira que han pasado cosas para sublevarse. Problemas ligados a su ciudad y otros de interés general. Pero Fernando no es de exteriorizar públicamente sus sentimientos, sus hondos pensamientos, sus cuitas y reflexiones. Fernando está en paro. La reforma laboral lo dejó en la calle y cobra algo más de 800 euros al mes a cuyo final llega con calderilla en el bolsillo. Pero el 1 de Mayo se va a la playa. El fútbol le da la vida. Fundirse con la masa es un aliciente para no hundirse en la miseria.
El Celta se va a Europa y para celebrarlo ha decidido darle una patada a la empresa que le ha alegrado la camiseta en tiempos de cal y también de arena, y otra a ese tipo de seres humanos que dicen sentir los colores en una tela (si no tiene bastidor). Los futbolistas, pobres, no saben qué hacer con tanto dinero. Se cortan el pelo una y otra vez, se tatúan, se compran casas, bólidos y ropa hortera, y el dinero nunca se acaba. Qué drama.