El festival aéreo
Vigo
09 Jul 2010. Actualizado a las 02:00 h.
En 1955, se presentó en Peinador un piloto rumano que se hacía llamar El Príncipe Cantacuceno. A los mandos de su avión, el artista ofreció un espectáculo acrobático que reunió a cincuenta mil asombrados vigueses. El show fue el punto culminante de inauguración del aeropuerto. Aunque el público tardaría décadas en poder permitirse tomar un avión, la actuación del as del aire quedó en la memoria de todos. Cuando, dos años más tarde, Cantacuceno murió durante una exhibición en Barcelona, la noticia fue primera página en los medios de Vigo.
Con Peinador en marcha, los vigueses comenzaron a darse aires. El Real Aero Club, fundado por Enrique Lorenzo cinco años atrás, inauguró en 1955 su sede en la calle Reconquista. Y los ciudadanos más finos y audaces aprendieron a pilotar la avioneta Iberavía 1-11 , el primer cacharro propiedad del club.
Pero pronto, contra todo pronóstico, el Real Aero Club fue perdiendo su identidad. No sabemos si asustados por el óbito de Cantacuceno, la sección aérea de la sociedad se fue abandonando, al tiempo que sus socios descubrían otro deporte, también finísimo, pero mucho más seguro: el golf.
Eso sí, para no perder totalmente la identidad corporativa, los socios construyeron su campo junto a las pistas del aeropuerto. Hoy, Peinador, junto con Shannon, en Irlanda, presume de ser un aeropuerto donde, cuando aterrizas, puedes ver por la ventanilla a unos señores emulando a Ballesteros. Los peor pensados afirman que, si se desea emular a Tiger Woods, puede hacerse también en Peinador, pero en otras instalaciones, con forma de hotel y situadas cerca del Ifevi.
El golf fue consolidándose en la sociedad hasta que, hace una década, al Aero Club le quedó de aéreo poco más que el nombre. ¿Qué fue, por tanto, de aquella pasión por la aviación, demostrada ya por 50.000 atónitos vigueses medio siglo atrás? Pues siguió viva. Y hoy se renueva cada año en el Festival Aéreo de Vigo.
La vistosa cita, presentada esta semana, traerá el 18 de julio a Samil todo un espectáculo, que además deja en Vigo buena promoción y mejores beneficios. El éxito debe atribuirse a una persona, Pablo González, un ciudadano apasionado por la aviación, empleado de una empresa del puerto, que un día hizo despegar su sueño. Junto a otros entusiastas, González fundó en 2002 el Club Aéreo de Vigo. Habían pertenecido al Real Aero Club, hasta que se percataron de que lo único aero que había era hacer un drive mientras ves salir el Boeing 737 para Madrid. Desde entonces, instalados por su cuenta, mantienen viva la afición y enseñan a otros a pilotar.
En 2003, organizaron el primer Festival Aéreo de Vigo. Al principio, sin medios y con escaso apoyo. Pero no ha dejado de crecer, demostrando que la iniciativa particular es el motor de esta ciudad, construida a base de sueños y de ilusión de su sociedad civil, de sus ciudadanos.