La Voz de Galicia

Antonio Iriondo: «En mi equipo no existe la táctica»

Torre de Marathón

Xurxo Fernández

Defiende una forma muy particular de entender el fútbol: «La competición nos separa de la unidad»

04 Apr 2019. Actualizado a las 18:57 h.

Antonio Iriondo (Moscú, 1953) dirige al Rayo Majadahonda, un equipo que «es en realidad un proceso que se ha ido construyendo con el paso de los años, y que se ha ido retrasando porque lamentablemente cada año nos quitan a los jugadores más cotizados del anterior. Empezó en Tercera y ahora estamos en Segunda». Ahí su camino se cruza con el del Dépor.

-La propuesta del Rayo no desmerece a la de su próximo rival.

-Ambos estamos arriba en número de ocasiones creadas. Nuestras intenciones de juego son similares. El Dépor juega muy bien, y nosotros lo intentamos. El objetivo de nuestro equipo es mejorar cada día y si lo hacemos, en dos o tres meses podremos estar a la altura de los mejores. Es lo que yo le he dicho a los chavales. Poco a poco vamos cumpliendo.

-Tienen el cuarto tope salarial más bajo. ¿Tiene más mérito apostar por el fútbol combinativo en esas circunstancias? ¿Cómo se convence al jugador?

-Es que si no elegimos esta idea se daría de patadas con lo que buscamos. Crecer es abrir la puerta al atrevimiento y este es el oficio del manejo del balón, así que esa es la forma de crecer. Desde una idea de equipo, por encima de todo; si no, jugaríamos a otra cosa. El juego combinativo es un medio nada más, el objetivo es el mismo que en el resto de equipos: marcar más, hacer ocasiones y que no te las hagan. La creatividad debe estar siempre presente en todos los jugadores y eso tiene que ver con el atrevimiento y la pasión. Convencer al jugador es muy fácil. El factor más motivante, por encima de primas o cualquier otro incentivo, es sentir que estás mejorando. Cuando lo sientes, te activa de tal manera que no puedes parar. Yo no tengo que hacer nada por motivar a mis jugadores, lo hace el proceso de mejora.

-¿Ayuda la falta de presión del entorno?

-Qué va. En absoluto. Lo externo a sentir que estás mejorando no tiene importancia, el mundo exterior desaparece. El ego se manifiesta de muchas maneras y lo que los demás piensan es parte de ello. Luego está lo que tienes y lo que haces. Si te centras en lo que haces, el resto pasa a un segundo lugar. La presión exterior es cero. No existe. El juego prevalece. Pero es cambiante y hay que entenderlo. Nosotros no trabajamos nunca táctica, la táctica no existe en mi equipo. ¿Cómo se come eso? Trabajando principios. Considero que el jugador tácticamente bueno tiene memoria y puede ser disciplinado en respuesta a lo que le pide el entrenador, pero yo busco jugadores inteligentes. Que no solo actúen, que propongan. Por una razón: hay jugadas muy parecidas, pero no existe una igual. Dependerá de quién la ejecute, de quién la defienda, del terreno de juego... El jugador tácticamente bueno va a hacer lo que le haya dicho el entrenador. El inteligente, lo que interprete según esas variables.

-¿La falta de patrón no dispara la probabilidad de error?

-No contemples el acierto y el error. Instálate en un espacio en el que el juego es lo único que importa. Simplemente juega, disfruta de él. La regla es conocer el juego y mejorar tu técnica, tu condición física... Mejorar. Si solo me preocupa mi crecimiento, todo lo demás da igual.

-Pero, ¿si no se teme el error no crece el riesgo de cometerlo?

-Entiendo esa idea. Es interesante, pero el error no es la única forma de aprendizaje. El error es propio de la naturaleza del juego y ya. Mejor trabaja sobre el acierto. Sobre lo que quieres, lo que buscas. Lo demás, no cuenta.

-Tiene una forma bastante particular de entender el fútbol, supongo que requiere de jugadores con la misma filosofía.

-Los que juegan al fútbol son los seres humanos que juegan al fútbol. No hablo de las personas, hablo del ser interior de cada uno. Y ahí, somos todos iguales. Lo que pasa es que la sociedad, las condiciones de cada uno nos separan. Si buscamos la esencia de cada uno es mucho más fácil crear la unidad de todos.

-Una vez que elige al jugador, ¿cómo consigue que conecte?

-Lo que hago es alejarlo de todo lo que significa competición. ¿Cómo? Pues hay muchas maneras, pero a mí se me ocurre llevarlos al monte porque el contacto con la naturaleza provoca un acercamiento al yo interior de cada uno. Allí les pongo una mochila, almendras, agua... Y todos a caminar. Sin competir entre ellos. La competición nos separa de la unidad. No quiero gente compitente, sino competente. Quiero que tengan la mente liberada para que se ayuden entre sí. Que empaticen, que ninguno sea más a costa de rebajar al otro, sino de superarse. Hacemos actividades que unen: escalada, piragüismo, golf, triatlón, que ese día se me rompió uno la mano al caerse de la bici, juegos en el agua... Se ríen muchísimo, lo pasan en grande. Y es fundamental. Tengo jugadores que de esto no se enteran, otros que se enteran a medias, y otros que van por el camino, y esos me ayudan. Hay empatía. Ese es el objetivo.

-Con un modelo tan particular corre el riesgo de que algún jugador no conecte en absoluto. ¿Qué sucede entonces?

-Me ha ocurrido. Y no solo una vez. Pero al cabo de los años me encuentro con esos jugadores que no se hablaban mucho conmigo porque no los sacaba, que eran individualistas y no individuales, que no congeniaban... Y ese chico te dice «qué ganas tenía de verte», y ese es un motivo de satisfacción grandísima. No porque yo necesite ratificarme, sino porque aunque sea ya tarde para jugar al fútbol ese individuo se ha dado cuenta de sus errores.

«¿Y por qué no vamos a ascender? ¡No nos limiten!»

Este niño de la guerra (su familia emigró a Rusia, donde nació) desarrolló en Japón su forma de entender el fútbol y la vida: «Es un país muy contradictorio. Muchos trabajan 24 horas y no tienen tiempo de vivir, pero hay otras realidades. Cuando me contrataron para entrenar allí, no sabía a dónde iba y me encontré en una universidad budista en Yamaguchi, donde se practica el taoísmo y el espíritu samurai. Hay realidades muy distintas y tú eliges la que quieres».

-¿Y si no hubiera ido a entrenar a aquel equipo?

-El maestro aparece cuando el alumno está preparado. Mi maestro fue Japón, pero solo porque yo estaba en disposición.

-Que en un mundo como el del fútbol no importe el error ni el marcador parece una utopía.

-El mundo es de los utópicos, si no, no habríamos progresado. Competir nos ha separado de nuestra naturaleza, lo ha cambiado todo. La alimentación, la forma de divertirnos, de comunicarnos... Hace nada cogí el metro e iba todo el mundo con el teléfono en la mano y me dio una sensación de a dónde vamos a parar.

Para mí, el motivo de satisfacción llega cuando ves que has evolucionado y eres capaz de conseguir cosas que antes eras incapaz de hacer. ¿Dónde está el límite? ¿En llegar a Primera? No. No hay límite. ¿Por qué poner límite? A lo mejor los seres humanos han puesto un límite en esa competición que llaman Champions, pero para el individuo no hay límites. Un día se le va a acabar el fútbol y seguirá creciendo.

-Pero en un club se exigen resultados.

-Llevo 36 años entrenando, he pasado por diferentes presidentes, clubes... De Tercera o Segunda B casi todos. Y todavía no he conocido a ninguno con más exigencia que yo. Cuando al acabar una entrevista me desean que el equipo se mantenga, yo siempre respondo: «¿Y por qué no vamos a subir? ¡No nos limiten!» Yo soy campeón siempre, todos los días. Menos el día en que no he aportado nada. Yo a los jugadores les pido que si un día no mejoramos en nada me lo hagan ver porque ese día estoy fallando.


Comentar