La serpiente de tierra
Sociedad
27 Aug 2013. Actualizado a las 07:00 h.
En el noveno año del reinado de Salomón de Judá e Israel. Séptimo de Hiram, rey de Tiro. Jarafim y Serabal, padre e hijo, comerciantes y marinos tirios, parten con sus naves hacia poniente, rumbo a Kailikia (Galicia), rica en estaño, cobre y oro. Los fenicios llevan en sus bodegas sedas púrpura, vino de Creta, aceite, turquesas de Persia, rubíes y esmeraldas de la India. También incienso y pavos reales hindúes. Después de varios días de navegación, cruzan frente a las columnas de HeraklesMelkart y, a continuación, ponen rumbo al norte.
Entran en aguas más bravas que hacen la travesía más peligrosa. Mas su pericia como marinos los libra de cualquier incidente. Por fin arriban a las costas de Kalaikia. Ganan la orilla amarrando sus embarcaciones al pie de un gran castro indígena. Se encaminan con sus mercancías hacia el sol naciente. Se adentran en esa tierra maravillosa, verde, llena de bosques de robles, abedules, fresnos, tejos, alisos. En las postreras horas del séptimo día de camino, llegan por fin a su destino. Un hermoso valle rodeado por siete colinas y surcado por un caudaloso río. Los castros que coronaban cada una de las colinas parecían arder. Antorchas y hogueras centelleaban en la puesta de sol, convirtiendo el crepúsculo en un momento casi mágico. Los tirios ascienden al castro más grande.
-Mal día para vuestra visita, comerciantes- exclamó Ner, el jefe de la tribu.
-Esta noche, como cada diez años, por Samaín, una gran serpiente despierta en lo más oculto del valle, cobrando gran tributo en guerreros y doncellas.
Los valientes Jarafim y Serabal decidieron quedarse junto con sus hombres. El sol se fue a dormir de la mano del ocaso y la serpiente despertó entre la niebla y la oscuridad. Los guerreros Kalaikois, medio desnudos, pintados de rojo, blanco, azul y verde. Espirales, trisqueles, círculos en su cuerpo, entonan una letanía salvaje en honor al dios Lugh. Mientras, llenos de furia, luchan contra el monstruo. Sin embargo, sus espadas, lanzas y otras armas de bronce solamente causan leves rasguños en la piel del animal. ¡Tanto valor como tributo a la serpiente, al caos! La trágica escena hace que los tirios enfilen hacia el monstruo con sus espadas desenvainadas. Tras feroz lucha, del cuerpo de la serpiente comienza a brotar la sangre por grandes heridas, no sin antes haberse cobrado la vida de casi todos los tirios. Tan solo Serabal seguía con vida. Lleno de rabia, le clava su espada en la cabeza del monstruoso animal, que queda ensartado en el suelo, muriendo a continuación. El sol retornó de la mano del alba y la serpiente se deshizo, convirtiéndose en polvo y tierra.
-¿Sois guerreros mágicos o del otro mundo?- preguntó Ner, con asombro y felicidad.
-Son espadas de hierro- contestó Serabal mientras le tendía su arma.
Y así fue como se inició la edad de hierro en Kalaikia. Serabal se quedó en aquel hermoso valle y con el tiempo llegó a convertirse en el jefe de la tribu; Los Gigurri. Él vio entrar en Kalaikia a Brath, junto con su tribu procedentes del Danubio. También llegó a conocer a Breogham, hijo del anterior, con quien trabó gran amistad. Cuando Serabal, ya muy anciano, murió, emprendiendo viaje al otro mundo, su espada fue guardada en un cofre de madera de tejo y de oro en Calúbriga, capital de su tribu. Con el tiempo la espada pasó a llamarse Calibur.
Pedro Vidal Gayoso (A Rúa, 49 años) es productor audiovisual.