La Voz de Galicia

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JORGE CASANOVA

ENTRE TINIEBLAS

27 Nov 2003. Actualizado a las 06:00 h.

DENTRO de cinco o seis años, sólo en el África subsahariana habrá cuarenta millones de huérfanos. Una generación completa. Los padres de esos cuarenta millones de niños se habrán muerto de sida. Y esas cuarenta millones de almas se verán abocadas a la vida más miserable que cualquiera de nosotros pudiera imaginarse en la peor pesadilla. Es tan espantoso, que resulta injusto que sólo se le pueda achacar la culpa a un virus; que únicamente un organismo microscópico sea el responsable de tanto dolor. Y sin embargo, el virus es inocente, porque no tiene conciencia, ni sentimientos como nosotros. Como la riquísima industria farmacéutica, que aún se resiste a ceder sus patentes contra el sida y evitar así que los fabriquen los países donde la epidemia es más grave. O la Iglesia católica, que difunde alegremente entre sus fieles que el preservativo es el causante de la extensión de la enfermedad. O los gobiernos de Occidente, que acogotan las esclerotizadas economías de Estados que literalmente tienen a más del 50% de su población activa con sida. Pero eso lo sabemos nosotros, que tenemos tiempo para informarnos y reflexionar sobre nuestras contradicciones. Hasta la autoflagelación es opulenta. Porque el niño zambiano que se despierte mañana al lado de su madre muerta no le va a echar la culpa a nadie. No sabe que existen las farmacéuticas, ni sabe quién es el Papa. No sabe ni lo que es el sida. Sólo entiende que se ha quedado solo y que tiene que buscarse la vida. La tragedia es que, aunque lo consiga, el sida le estará acechando.


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