La resaca de los tres años de ChatGPT
Opinión
08 Dec 2025. Actualizado a las 05:00 h.
Recientemente se celebró el tercer aniversario del lanzamiento de ChatGPT (30 de noviembre del 2022). Aquel día, Silicon Valley sufrió un terremoto cuyo epicentro fue OpenAI, desatando una fiebre del oro que coronó a dos reyes absolutos: Sam Altman como el mesías del software y Jensen Huang (Nvidia) como el ferretero indispensable que vendía los picos y las palas.
Sin embargo, tres años en tecnología equivalen a décadas en cualquier otra industria. Si miramos la fotografía de este tercer aniversario, la invencibilidad de aquellos pioneros se ha fracturado. La narrativa de que OpenAI era inalcanzable y Nvidia inevitable ha chocado con un muro de realidad. Y ese muro se ha levantado, irónicamente, donde muchos daban por muerto al gigante: en Google.
La reciente corrección bursátil de Nvidia, que ha perdido medio billón de capitalización tras tocar el cielo de los 5 billones, nos obliga a abrir el melón que muchos economistas llevan tiempo señalando: la burbuja. Pero, ¿de qué tipo de burbuja hablamos?
Una burbuja no estalla simplemente porque un activo esté caro, sino cuando las expectativas de beneficios futuros se desconectan de la realidad productiva y, sobre todo, cuando el mercado reasigna el capital hacia actores más eficientes. Lo que estamos viendo no es necesariamente el fin de la IA, sino el fin de la renta de monopolio de la que disfrutaba Nvidia. La teoría económica nos enseña que los beneficios extraordinarios atraen competencia, y eso es exactamente lo que ha sucedido.
El mercado ha despertado ante un hecho fundamental: Google ha logrado cerrar el círculo. A diferencia de OpenAI, que depende de financiación externa y quema caja para sostener sus modelos, o de Meta, que promete sus propios chips para el 2027, Google ya tiene hoy toda la cadena de valor. Tiene el modelo (Gemini 3, que ha desbancado a GPT en las preferencias de gigantes como Salesforce), tiene los datos (YouTube, Maps, Android), y lo más letal para la cotización de Nvidia: tiene sus propios chips, los TPU.
Estamos transitando de la fase de la exuberancia irracional, donde se compraba cualquier cosa que dijera «IA», a la fase de la consolidación industrial. La caída de Nvidia y el estancamiento de OpenAI no son síntomas de que la tecnología sea un fraude, sino de que el mercado está purgando las ineficiencias. Como bien señaló Satya Nadella hace tiempo, querían poner a bailar a un gorila de 800 libras. El problema para sus rivales es que el gorila (Google) no solo ha aprendido a bailar, sino que es el dueño de la pista, de la música y, ahora también, de los instrumentos.
En este aniversario, la lección es puramente económica: en las fiebres del oro, el primero que llega se lleva la fama, pero el que posee la infraestructura y el capital saneado es quien suele quedarse con el mercado cuando se apagan los focos de la novedad.