La cacería
Opinión
26 Aug 2023. Actualizado a las 05:00 h.
En un país en el que la ministra de Igualdad no dimite tras haber aprobado una ley que rebaja las penas a cientos de violadores y agresores sexuales, el amarrarse al cargo debería ser oficialmente deporte nacional. Luis Rubiales podría ser el presidente de la «federación española de no me sacas de la poltrona ni con aceite hirviendo», después de su intervención en la asamblea de ayer, que debería estudiarse en las escuelas como ejemplo palmario de lo que significa una huida hacia adelante.
Es difícil saber si el dichoso piquito fue o no consentido, aunque en el vídeo no da la impresión de que lo pactaran en ese momento tal y como dice Rubiales; de la misma forma que se aprecia claramente que es un beso de euforia y felicitación, un arrebato de satisfacción y entusiasmo ante el extraordinario logro conseguido, y no una muestra de lascivia o un ósculo con intencionalidad sexual. La jugadora, que durante tres días mantuvo silencio, antes de decidir que dejaba el tema en manos de su agencia de representación, tampoco ha ayudado a aclararlo.
Las personas normales saben que en determinados momentos hay que guardar las formas, y más si ocupas un cargo de responsabilidad en el que tienes los ojos de todo el mundo clavados en ti. Claro que un tipo que se agarra los genitales en actitud chulesca al lado de la reina de España y la infanta —y delante de todo el público y de las cámaras— es obvio que carece de cualquier noción de protocolo y de la más básica educación. Valores, por cierto, que suelen escasear en los campos de fútbol.
Pero, ¿cómo es posible que se haya montado este escándalo mundial que incluso ha ensombrecido y dejado en un segundo plano el éxito de la selección femenina? En vez de poner un poco de cordura, el Gobierno en pleno, con Sánchez, Yolanda, Iceta e Irene Montero a la cabeza, se ha dedicado a atizar un fuego que en nada beneficia la imagen de España. Una cacería berlanguiana en la que los problemas de la gente —mayor tasa de paro de la UE (pese a los maquillajes contables de la ministra de Trabajo), aceite a 9 euros, imposibilidad de comprar o alquilar una vivienda por sus elevados precios— se aparcan para intentar abatir una codiciada pieza (dos, si incluimos a Jorge Vilda, a quien le tienen más ganas si cabe desde el motín de hace un año) y, de paso, que se hable de eso y no de cómo van a hacer que «encaje» en la Constitución una amnistía a cambio de que Sánchez siga en la Moncloa.
La realidad es que España no es machista, como tampoco es racista porque haya energúmenos que insultan a futbolistas negros en los terrenos de juego. Lo que sí es España es un país donde pintan al líder de la tercera fuerza política con un tiro en la nuca en un cartel y no pasa absolutamente nada.