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Opinión

Eduardo Riestra

01 Jun 2014. Actualizado a las 07:00 h.

Pablo Iglesias admira lo bueno de Cuba, y yo también. Que allí la salud infantil sea mucho mejor que la de los países de su entorno es bueno. Pero lo que uno no comprende es que para que los niños estén sanos a los cubanos se les prohíba salir de la isla o plantar su huerto y vender luego la yuca o el tabaco. Lo que criticamos los que criticamos a Fidel es lo malo, no lo bueno. Sobre todo cuando lo malo no es necesario para lo bueno. Yo detesto el paternalismo de la izquierda europea hacia el tercer mundo; para los cubanos deseo exactamente lo mismo que para mí, ni más ni menos.

El viernes se presentó en Madrid la Fundación Enrique Meneses. A Enrique lo conocí mucho y publiqué sus memorias, Hasta aquí hemos llegado, en que narra cómo conoció a Fidel en Sierra Maestra en diciembre de 1957. Allí Enrique mantenía con Fidel interminables conversaciones sobre el nasserismo egipcio, que tan bien conocía el fotógrafo, y sobre el escritor italiano Curzio Malaparte. Años después se encontró Meneses a Ernesto Guevara en Egipto y se fueron juntos a comer. Entonces el Che le advirtió que no volviera a Cuba porque Fidel lo quería fusilar. Parece que la noticia que Enrique había dado al mundo de que Raúl y Ernesto era miembros del partido comunista les había cortado el flujo de fondos desde los Estados Unidos. Enrique, no cabe duda, era un tipo independiente. Y lo fue a un alto precio. Veamos el precio que es capaz de pagar Pablo Iglesias por sus escaños en Bruselas.


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