Un espectáculo
Opinión
16 Jan 2012. Actualizado a las 04:12 h.
Tuvo que morir un domingo por la noche. El día del descanso del Señor, justo un señor que no descansaba nunca. Es normal que Fraga se haya ido ahora porque él no tiene nada que ver con la política espectáculo que se hace hoy. Él era un espectáculo en sí mismo sin necesidad de bolsos Vuitton ni trajes. Ha protagonizado tantas etapas de la política española como Induraín del Tour. De embajador en Londres a presidente en Galicia. Se reinventó todas las veces que lo necesitó. O lo amaban o lo odiaban como a todos los que nacen para protagonistas de la historia. Si algo no cabía en Fraga eran las medias tintas. Nació un 23 de noviembre de 1922 en Vilalba. Y gustaba de los excesos en el trabajo. Siempre tenía que ser el primero en llegar. En Galicia pisó hasta el último rincón. Casi como si más que un presidente quisiese ser un alcalde empeñado en saludar hasta al último de los vecinos. Su poder era omnívoro. Y el pulso le temblaba tan poco como lo rotundo de su verbo. Todavía recuerdo cómo tronaba su enfado por un error de sus asistentes en un acto en Estrasburgo. Lo único que hacía sin fuerza era dar la mano.