La Voz de Galicia

La resaca de Irak

Opinión

JOSÉ LUIS MEILÁN GIL

24 Mar 2007. Actualizado a las 06:00 h.

LA GUERRA de Irak fue, como mínimo, un error. A ella se opusieron diferentes líderes en función de sus apreciaciones e intereses. A evitarla, desde su autoridad moral, se alzó la voz egregia de Juan Pablo II. No fue escuchada. La iniciativa del Gobierno Bush fue respaldada por los congresistas de su país, en la estela de la conmoción que allí produjo el atentado del 11-S. La misma que justificó la compañía de muchos Estados en la acción contra el régimen talibán de Afganistán. La prolongada posguerra está siendo un fracaso. No parece que los ideólogos de la estrategia hubiesen considerado con acierto lo complejo de la situación. Coexiste una fáctica guerra civil entre suníes y chiíes con una indefinible insurgencia contra un ejército de ocupación, ofensiva de la que no se libra el escudo de la ONU, como acaba de rubricar el bombazo que sorprendió a su secretario general en su primera visita a Bagdad. Históricas diferencias entre los grupos religiosos, que habían atemperado socialmente su perfil de incompatibilidad durante el régimen dominado por el suní Sadam Huseín, han renacido con odio y violencia. La prepotencia chií es objeto de atentados por quienes ahora vuelven a considerarse oprimidos. La historia de estos cuatro años muestra, además, cambios en esos comportamientos con uniones coyunturales de los rivales contra los ocupantes. Miles de muertos y unos dos millones de iraquíes exiliados. De ese éxodo participan los cristianos, que han padecido el incremento de la nueva violencia sectaria. Paradójicamente, con la guerra en Irak el cuadro geopolítico es ahora menos positivo para los intereses americanos. Sus aliados tradicionales, los países árabes de mayoría suní, han empezado a mostrar preocupación por el expansionismo chií de Irán. Los servicios de inteligencia fallaron en su día, en relación con las armas de destrucción masiva en Irak. Se aspira a salir del atolladero de la manera menos mala. Incluso Hilary Clinton, partidaria de una retirada, no descarta alguna permanencia. El legado que se deja no propicia el optimismo. La cuestión de Irak permanece instalada en nuestro país como un elemento de política interna con netas intenciones electorales. Por ello es difícil situarla en la objetividad. La foto de las Azores testimonia que el presidente Aznar apoyó la iniciativa de la guerra. Pero no es menos cierto que España no entró en la guerra, como sí hizo el Reino Unido. Participó, en la posguerra, ya con respaldo del Congreso de Seguridad de la ONU, con cerca de treinta países. Nuestra participación en acciones como las del Líbano o Afganistán y otras semejantes ha de ser proporcionada a nuestra dimensión internacional. Quizá no lo fue la apuesta personal de Aznar en Irak. Han de considerarse como la contribución debida a un justo orden mundial. No nos librarán de amenazas y riesgos por actuar con el amparo de la ONU. El terrorismo del 11-S elige sus objetivos según sus conveniencias.


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