89 kilos
Opinión
10 Mar 2007. Actualizado a las 06:00 h.
SACUDIÓ los teletipos. Hablo del niño inglés que a sus ocho años pesa 89 kilos. Poca cosa si tenemos en cuenta que hace nada llegó a los 99, cuatro veces el peso considerado saludable para un niño de su edad. Leen bien, rozó los cien kilos en la báscula. Lo de Connor es un drama personal y lo peor es que encima marca una tendencia. Cada vez los niños se alimentan más y más de comida basura. Quién no ha caído en el pecadillo de comprarle unas patatas a los críos para que dejen de dar la lata. Claro que entre caer en el pecadillo y permitir que tu hijo coma lo que le dé la gana cada veinte minutos, entre otras maravillas: cuatro bolsas de patatas fritas, hay un mundo. Las autoridades llegaron a pensar en quitarle la custodia de su hijo a Incola McKeown, de 35 años, madre soltera, sin empleo y que sufre depresión. Ella puso el grito en el cielo y explicó los esfuerzos de la familia por frenar el hambre colosal de su pequeño. Hasta lo pusieron a régimen y bajó esos diez kilos. Pero poco es. Tendrá que ser mucho mayor el esfuerzo. El niño se niega a tragar algo que no sea hamburguesas, chucherías y todo el repertorio que merece el calificativo claro de comida basura. Connor odia la fruta y la verdura. Parece alérgico a lo sano. Connor no es más que el retrato cruel y evidente de cómo en el primer mundo nos matamos a comer, mientras que en el cuarto mundo se matan de hambre. Si sigue así le espera una diabetes, problemas nerviosos y cardiovasculares en su juventud y un fallecimiento prematuro. Llegar a los treinta años puede ser un milagro para él. En el Reino Unido calculan que un millón de niños en tres años seguirán el camino de Connor. Lo dicho, unos se mueren de opulencia. Y otros, por no tener nada que llevarse a la boca. ¿Quién dijo que este mundo era justo? cesar.casal@lavoz.es