La Voz de Galicia

Cuervos en la Terra Chá

Opinión

| EDUARDO CHAMORRO |

19 Feb 2007. Actualizado a las 06:00 h.

«CRÍA cuervos y te sacarán los ojos», suelen decir quienes se fijan menos en los cuervos que en los seres queridos. Si en vez de a tales fuentes se recurre a la vida de los santos, el resultado es muy otro, más gratificante o, al menos, más llevadero. Quien nada sepa de lo que ocurre entre la tierra y los cielos de Terra Chá se preguntará a qué viene esta obertura a lo córvido, como si no hubiera otros temas, aunque fueran de vuelo más gallináceo. Pues bien, viene a cuento de que los cuervos de la parroquia pastoricense de Reigosa, en la zona oriental de Terra Chá, atacan periódicamente a las reses que pastan al aire libre de por allí. Son aves esfameadas por la falta de carne muerta en aquellos espacios abiertos, de modo que no es raro que ataquen a todo lo que se mueva con ánimo de devorarlo, a poco que lo permita el tamaño de la presunta presa. Como la oveja suele ser mucha ración, merodean a la parturienta, y se hacen con la criatura recién parida. Hay ocasiones en las que el hambre pone al ave en un frenesí tan acuciante y voraz que se lanzan a la oveja nonata, devorada antes de que haya abandonado del todo el vientre de su madre. Ante tal acumulación de mal fario, habría que recordar a aquel poeta que daba gracias a Dios por haber inventado el cuervo -«de plumaje negro con visos pavonados»- para dar algo de animación a las nevadas. También fue inventado para cumplir con esa obra de misericordia que consiste en dar de comer al hambriento, tal cual lo recuerda la frase hecha que habla de «venir el cuervo», en atención al socorro, a veces muy repetido, que solía acarrear el animal, particularmente en el caso de san Pablo el Ermitaño, al que en más de una ocasión salvó de la inanición. Está escrito por san Jerónimo que san Antonio Abad tuvo un sueño en el que se le apareció el anacoreta san Pablo, del que salió en su busca, con la ayuda de un centauro y un sátiro, hasta dar con él en una cueva de la Tebaida. El abad le preguntó de qué vivía. El eremita le dijo que un cuervo le llevaba media hogaza de pan todos los días. San Antonio no se lo creyó del todo y entonces apareció un cuervo que, avisado de la visita, volaba ese día con una hogaza completa en el pico. Es una historia pintada por Durero y por Grunewald, así como, más entre nosotros, por Velázquez. San Pablo era, por otro lado, muy querido de los animales. Lo enterraron dos leones.


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