La Voz de Galicia

Jacques, mon ami

Opinión

| FERNANDO ÓNEGA |

16 Nov 2006. Actualizado a las 06:00 h.

¡QUÉ gusto daba escuchar ayer a Zapatero! Hasta parecía más suelto de palabra. En poco más de doce horas había pasado del gesto huraño, un poco avergonzado, que mostraba al lado de Teodoro Obiang, a la cara de felicidad al lado de Jacques Chirac. No era para menos. A nadie le apetece el flash del fotógrafo cuando estás al lado de un sátrapa, pero es muy apetecible retratarse al lado de un grande de Europa. Hay como un aura de solemnidad que contagia al anfitrión, lo transforma y lo convierte en estadista, aunque sólo sea durante las escenas que recogían las cámaras con la gente en la calle o en la rueda de prensa. A Rodríguez Zapatero ya le empieza a ocurrir lo mismo que a los anteriores inquilinos de la Moncloa: al cabo de un par de años entre aquellas paredes de cartón piedra, España se les empieza a quedar pequeña. Los problemas españoles son cutres, significan zancadillas en las instituciones, medias verdades en los medios informativos, peleas con la oposición, luchas por el poder, discrepancias en el partido¿ Dentro de España, los críticos te pierden el respeto, te atribuyen intenciones que nunca has tenido, no saben entender ni la grandeza ni el esfuerzo de tu misión y casi siempre se niegan a dejar llegar tus grandiosos mensajes a la opinión pública. En cambio, en el exterior¿ En el exterior, Felipe González percibía la dimensión de su liderazgo. Aznar recibía tantos parabienes que todos los días estaba sacando a España de la cuneta de la historia. Y Rodríguez Zapatero empieza a sentir la misma satisfacción íntima: puede hablar de problemas de Estado, de cooperación internacional y, sobre todo, del que empieza a ser su argumento preferido, que es la paz mundial. En una cumbre como la de Gerona, nadie le pregunta por la candidatura de Miguel Sebastián, ni por Montilla, ni por el ácido bórico. Eso es la gloria: se está mucho mejor en los foros internacionales que leyendo los papeles de María Teresa y Rubalcaba. Y encima, Chirac es generoso, le reconoce la paternidad de la idea de que Europa lidere y conduzca la pacificación del Oriente Medio, le respalda y le aplaude. ¿Cómo no deshacerse en cánticos a la excelencia de las relaciones bilaterales? ¿Cómo no dejarse acariciar en un completo nirvana por la proclamación de una gran amistad? Así, la cumbre de Gerona no ha sido una reunión política. Ha sido una declaración de amor, una escena del sofá, el momento más cálido del idilio con Jacques. ¡Cuánto me alegro! Los quince primeros días de noviembre han sido de amarguras para el presidente. El día 16 ha vuelto a sonreír. Gracias, Jacques. Aunque yo, desconfiado que soy, me pongo en guardia: ¿qué nos querrá vender este Chirac?
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