La Voz de Galicia

Scottie

Opinión

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ | O |

26 Aug 2006. Actualizado a las 07:00 h.

ERA el prisionero de Zelda, su mujer. Fue uno de los mejores escritores del siglo XX. Miembro de la generación perdida, que no quería encontrarse, escribió él mismo que sus contemporáneos habían conocido «a todos los dioses muertos, las guerras combatidas y la fe en el hombre destruida». Reverte apuntó que este año se cumplen 110 años desde que Francis Scott Fitzgerald viniera al mundo y dijo que le apetecía celebrarlo. Me sumo. Estamos ante un autor con un mundo propio y que maneja el lenguaje como tahúr. Fitzgerald empaña las gafas cuando se pone estupendo. Firmó El gran Gatsby . La leyenda dice que bebía 200 cervezas al día. Murió frente a la máquina de escribir, alcoholizado. Inventó la era del jazz , ese mundo mágico de burbujas de champán y de chicas capaces de bailar sobre el borde de una copa. Tras los felices veinte, él mismo hizo crack. Como su gran amor, Zelda, a la que tuvo que internar en un psiquiátrico en Suiza y que le enviaba desde allí fotos del escritor recortadas con alas de ángel. Zelda moriría en un incendio del centro, años después que su esclavo Scottie. El escritor adoró a su chica. Ella le dejó cuando no tenía un duro y corrió a casarse con él tan pronto como triunfó con su primera obra. Juntos vivieron excesos en la Costa Azul, los casinos, el lujo de enlazar una noche con otra, sin más trabajo que divertirse. Conoció las bajas presiones de la depresión. Le gustó castigarse, no sólo el hígado. En su libro El Crack-Up , muy recomendable, lo dijo: «Claro, toda vida es un proceso de demolición». También sentenció algo así como que le mostrasen un héroe y que él contaría su caída. Ganó mucho dinero con sus relatos. Lo gastó todo. Consumió su vida como un cigarrillo, sin filtro. Hasta la última calada. Era un genio dentro de una botella. cesar.casal@lavoz.es


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