A la cárcel de la mano de un cura
Opinión
Lo que había sido un empeño inútil de las autoridades colombianas durante años lo consiguió el cura octogenario conocido popularmente como el Telepadre: Pablo Escobar Gaviria, el zar de la cocaína, máximo responsable del cartel de Medellín, ingresaba en prisión.
19 Jun 2006. Actualizado a las 07:00 h.
Se producía así el milagro anunciado semanas antes en su programa de televisión por el padre Rafael García-Herreros: a las cinco de la tarde de un día como hoy hace 15 años, el mayor narcotraficante del mundo y uno de los grandes criminales de la historia ingresaba en prisión. Ésta se encontraba en Evingado, se llamaba La Catedral y era un antiguo centro de rehabilitación de drogadictos convertido a marchas forzadas en cárcel de máxima seguridad, aunque por lo que se pudo ver más tarde, tenía más de apartotel de cinco estrellas que de prisión. El proceso de entrega había sido discreto pero no sencillo. Antes se habían ido cumpliendo una por una las condiciones impuestas por el capo al Gobierno de César Gaviria. Aquella misma mañana la Asamblea Nacional había aprobado la no extradición para colombianos. Después ingresaban en la misma prisión cuatro de sus lugartenientes. El Gobierno buscaba a cualquier precio el sometimiento de este capo del narcotráfico, que se había convertido en el mayor obstáculo para la pacificación de Colombia. Por ello se comprometió a dar a este preso voluntario garantías para su vida durante el tiempo de reclusión, un trato «digno», la reducción y acumulación de la pena y, sobre todo, la garantía de que no sería extraditado a Estados Unidos. Antes había hecho lo mismo con otros seis extraditables. Escobar era, sin duda, el más emblemático de todos. Con una fortuna estimada por aquel entonces en más de 3.000 millones de dólares, el delito menos grave que tenía en su hoja de servicios este cofundador del cartel de Medellín era el de tráfico de drogas. Estaba acusado de la muerte del director del diario El Espectador, Guillermo Cano; del ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla; y del candidato presidencial por el Partido Liberal, Luis Carlos Galán, entre otros. También era responsable de haber mandado colocar la bomba que hizo estallar en pleno vuelo un avión de Avianca con 200 pasajeros a bordo. Su carrera delictiva comenzó en el año 1976. Después de ser nombrado teniente alcalde del Ayuntamiento de Medellín, se presentó como candidato del partido Movimiento de Renovación Liberal y fue elegido diputado, aunque nunca llegaría a ocupar el escaño al ser denunciado por el diario El Espectador, que pagó tamaña osadía con la vida de su director. Como congresista suplente fue invitado en 1982 a la toma de posesión de Felipe González como presidente del Gobierno. En La Catedral, construida y probablemente, pagada por él, vivió con 14 de sus hombres como en su casa, pero con protección oficial, además de la privada. No tenía celdas, sino amplios apartamentos con jacuzzi, gimnasio y hasta casa de muñecas. Como no podía ser menos, contaba con un búnker camuflado, con paredes de 80 centímetros de espesor, con armamento y salidas de emergencia. El refugio antiaéreo estaba sin acabar. Aún así no estaba a gusto, porque el 22 de julio de 1992, apenas 13 meses después de haber ingresado, tomó como rehenes a cuatro funcionarios e inició un motín para evitar el traslado de prisión ordenado por el Gobierno tras comprobar que seguía delinquiendo. El Ejército asaltó la prisión, liberó a los dos rehenes que seguían vivos y capturó a cinco lugartenientes de Escobar. Él y los otros nueve lograron fugarse por un túnel secreto y con la ayuda de máscaras antigás. Fue el principio del final de su carrera delictiva. El 2 de diciembre de 1993 era abatido por 15 agentes en los arrabales de Medellín. Antes ordenó la muerte de la juez sin rostro que lo procesó por la muerte del director de El Espectador.