La Voz de Galicia

Crisis

Opinión

JOSÉ LUIS MEILÁN GIL

25 Sep 2004. Actualizado a las 07:00 h.

LA CANDIDATURA de Fraga a la Presidencia de la Xunta tenía mucho que ver con cuestiones internas del partido en Galicia, a lo que no es ajeno la pérdida del gobierno amigo en Madrid. En declaraciones del presidente: «No es el momento de plantear en el interior de mi partido una lucha que algún día se dará». Su decisión vendría a constituir un remedio preventivo jugando, a la vez, con el tiempo y contra el tiempo. La decisión se acompañó de unos sucintos cambios en la Xunta. Uno, desgraciadamente justificado, por enfermedad de la señora conselleira. Otro, inexplicado, en Sanidad. Y uno más, inesperado, en Agricultura, que contribuye a devaluar la importancia de una estrategia que sería más entendible si hubiera habido una auténtica remodelación. El nombramiento noticioso de dos vicepresidentes, sin funciones regulares de coordinación, contribuye a elucubrar que la operación se quedó a mitad de camino. Tampoco ayuda al benemérito propósito de una mayor dedicación a «pensar» sobre los problemas de Estado actualmente planteados acerca de la reforma de la Constitución y, en concreto, del Senado. O para dedicar más tiempo a los «problemas políticos». Me temo que le obligará a cuidar más el equilibrio interno, en una lucha larvada, por declarada. Quizá fuera políticamente correcto negar que exista crisis, aunque no vaya a ocurrir como con las «meigas». Que se englobase, nada menos, que en una crisis mundial. Desde esa perspectiva se comprende que se hubiese minimizado la dimisión del conselleiro de Agricultura. También es entendible, desde la misma óptica, que se restase importancia al malestar de los de Ourense. Y no digamos, que se espante la pesadilla de una fractura o, incluso, de una escisión independiente. Escribo desde la distancia, sin conocer los recovecos de la situación planteada. El presidente pudo tener en los contestatarios el más decidido respaldo a la continuidad de su candidatura. Y seguiría manteniéndolo en tanto se les garantizase el adecuado control de unas listas en las próximas y decisivas elecciones autonómicas. Si esa garantía no existe dentro del partido, un elemental cálculo acerca de la cuota de poder llevaría a asegurarlo fuera. Se olfatea un fin de etapa. Se toman posiciones de una u otra manera. Unos presionan y el presidente se bandea. Su afirmación de ser «partidario de un buen partido galleguista, pero dentro de España», deja margen para la especulación. Pudo ser un guiño, que se concilia difícilmente con su posición en el organigrama del PP como Presidente Fundador. Es evidente que existe, como mínimo, una tensión centro-periferia, sin calibrar qué grado alcanza en la escala de como ha de configurarse un partido político. Cualquiera que sea la evolución y final de la crisis, su diagnóstico parece revelar que los remedios deben ir más allá de lo sintomático. La solución alumbrada en Perbes ha sido convencional y transitoria. La apoteosis de la unanimidad del Monte del Gozo en torno a don Manuel y sus decisiones se ha tornado, de momento, en incertidumbre. Una encrucijada, en un valle de dolor.


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