Cosas de la vida
Opinión
20 Jan 2004. Actualizado a las 06:00 h.
LOS QUE VIVIMOS dentro de este tambor que es el Madrid político, no percibimos que haya vida fuera de este planeta y, sin embargo, pasan muchas otras cosas de interés que no están contaminadas por el ruido electoral. Son asuntos efímeros que conforman el guión de la vida cotidiana, con diferentes argumentos, pero todos ellos merecedores de una reflexión, antes de que se archiven en la hemeroteca del olvido. Una pareja de emigrantes ilegales era trasladada por la Guardia Civil al aeropuerto, para ser expulsada, cuando, en un bar de la carretera, la mujer, que estaba embarazada, se sintió indispuesta y dio a luz un niño en el lavabo. La llegada de ese niño al mundo, en su precaria tierra de promisión, fue el salvoconducto que rescató a sus padres de la negrura del retorno a la miseria. Un final y/o un principio feliz. Otro joven emigrante marroquí, también ilegal, terminó su aventura de vivir en un mundo teóricamente mejor cuando intentaba escapar de la custodia de unos agentes que le conducían para ser expulsado a su país. Aprovechando un descuido de sus vigilantes, echó a correr por la autopista y al intentar cruzarla le arrolló un automóvil y murió en el acto. Demasiado precio para tan precaria e incierta libertad. Cuando estaba vivo, no tenía papeles ni derecho a compartir una mínima ración de progreso en el llamado primer mundo; ahora, de muerto, todo está en regla. Triste paradoja. El alcalde de Tarragona decidió formar un equipo de detectives para cazar in fraganti a los vecinos que pasean a sus perros y dejan que los animalitos descarguen sus intestinos en lugares propicios a que la gente alegre y confiada pise la desagradable plasta perruna. Los cagaperros , palabra inventada para identificar de manera gráfica y sencilla a los sujetos delincuentes de tan guarros comportamientos, serán fotografiados por los espías municipales y el documento gráfico servirá como prueba para que el Ayuntamiento les ponga una hermosa y aleccionadora sanción. Aparte de la multa, el castigo podría ser más ejemplar si las fotos de los cagaperros se publicaran en la prensa local. Seguro que el perrito y su dueño o dueña ponían cada cosa en su sitio. La familia discutía porque nadie quería quedarse con la abuela, una anciana de 87 años con demencia senil, y la abandonaron sentada al borde de la carretera. Unos agentes la rescataron de su insólita situación y denunciaron, lógicamente, el caso. Más tarde, el juez que juzgó a los familiares de la abandonada anciana, los sentenció de manera realmente ejemplar: 240 euros de multa... por abandono de objetos en la vía pública. Otro juez fue más sensible: condenó con una multa de 4.000 euros a los dueños de un perro que abandonaron. En este caso, la presión de las sociedades protectoras de animales debió influir eficazmente en la justa sentencia. Sin embargo, en el primer asunto, al no existir una sociedad protectora de ancianos impedidos, el juez quedó liberado de presiones sociales. Con lo que se constata, una vez más, que cierta administración de justicia tiene origen marciano. Seguimos con jueces. Es noticia que en el Tribunal Supremo ya hay dos mujeres. La segunda plaza pertenece, desde hace poco, a doña Celsa Picó, que ha escalado tan alta magistratura por sus méritos profesionales y también porque realmente es una avezada alpinista. Incluso ha culminado algún cincomil en el Himalaya. Así lo ha dicho: «Allí (en el Himalaya) dependes de tu propio esfuerzo...». Y apostilla: «Para llegar al Supremo depende no sólo de tu esfuerzo, sino de la decisión de otros». Esos otros son una especie de sherpas con puñetas. Como final de esta crónica de sociedad, una ligera alusión a los asuntos electorales. En una emisora de radio, el actual alcalde de Zaragoza y antiguo ministro socialista, Juan Alberto Belloch, dijo textualmente: «No hay que creerse lo que dicen los políticos en tiempos electorales». Sabio consejo para votar, de verdad, en conciencia.