La Voz de Galicia

El fútbol, del cero al infinito

Opinión

| GERARDO GONZÁLEZ MARTÍN |

21 Aug 2003. Actualizado a las 07:00 h.

CONFIESO que quizá no entienda el mundo del fútbol porque no llevo la afición en el tuétano. Así, siempre me ha costado comprender cómo algunas administraciones ayudan a enriquecerse a determinados jerarcas de este deporte, directivos que solamente se diferencian de los de otras sociedades anónimas en que saben manejar un sentimiento -el colectivo de la afición- que en ocasiones les da buenos réditos. Bien es verdad que la experiencia me ha enseñado también que hay políticos que no dan nada gratis, y probablemente ahí radique el secreto de su actitud generosa, más diría, dilapidadora, en el manejo de recursos públicos. Una de las tradiciones para mí inexplicables del fútbol es que muchos pueblos pasan a considerar a su equipo un símbolo más de la ciudad y el mejor propagador de las virtudes de lo que antes llamaban pequeña patria. En mi ciudad de residencia, Vigo, algunos hacen tal amalgama de símbolos que ponen al mismo nivel al Cristo de la Victoria, las Islas Cíes y el Real Club Celta. Jamás he entendido que localistas furibundos sientan defendidos los colores de su ciudad por unos señores, por ejemplo, de Madagascar, el Reino Unido o Eslovenia. Ahora, Joan Laporta, desde hace poco presidente del Barça, pretende que sus jugadores firmen en sus contratos el compromiso no sólo de respetar las instituciones y la cultura catalanas, sino también que se obliguen a aprender la lengua propia. Una condición tan inexcusable, o eso pretende, como el examen médico. Menos mal que en su vestuario hay gente sensata y ya le han dicho que esas integraciones, o se hacen voluntariamente, o no tienen sentido. Entre los que se sienten representados por un jugador de Madagascar, al que confían sus sentimientos patrios, y aquellos que pretenden que el jugador ajeno a la comunidad se obligue a ser catalán de ejercicio, se mueve el fútbol. Menos mal que la ingenuidad de unos es asumible, en tanto la intolerancia del otro resulta sumamente peligrosa.


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