Cuento de Navidad
Opinión
09 Jan 2003. Actualizado a las 06:00 h.
ÉRASE una vez un país lindante con el nuestro, de reputación cartesiana, ecónomo y previsor. Llamaban egoístas y prepotentes a sus habitantes, a quienes al final de la guerra caricaturizaban como unos individuos de boina, colilla en los labios y barra de pan bajo el brazo. La boina, protección; el pitillo, consumo, y la barra, subsistencia. Con estas virtudes -si así se les puede llamar- perdieron la guerra. Y con ellas, por obra de birlibirloque y de un general democrático, al final se encontraron al lado de los vencedores, con los cuales se repartieron medio mundo. El país es industrioso y rico. Su geografía, compuesta por gran variedad de montes, valles, ríos y cargada de ciudades en las que se funden pueblos, estilos e historia. Lo irritante en ese país es que por cualquier cosa se mosquean, y en especial cuidan en exceso de sus tierras, sus costas y sus mares. Barcos anónimos y clandestinos de tan enmarañados que están sus documentos no hace muchos años descargaron inmundicias y derramaron petróleo no lejos de sus puertos, provocando un sobresalto nacional cuyas ondas de choque llegan hasta hoy. Últimamente, qué digo últimamente, hace menos de una semana, empezaron a notar que a sus playas atlánticas llegaban «cagadas de caballo», dijeron, y pusieron el grito en el cielo. No podían soportar que se emporcasen sus lugares naturales, sus puertos de recreo, sus estaciones balnearias. El jefe del país, un hombre serio, alto y sin bigotillo (detalle que se ha de tener en cuenta) agarró una rabieta ejemplar: inmediatamente reunió a todos sus subalternos y los mandó a luchar, a unos contra las boñigas, y a otros contra los elementos si fuera menester. Después de haberles fijado sus misiones, que habrían de ejercer con sumisión, hizo convocar a los escribidores en gacetas para advertirles de que «Francia y Europa no permitirán que hombres de negocios poco honrados y delincuentes del mar se aprovechen cínicamente de la falta de transparencia del sistema actual. No podemos resignarnos a las catástrofes, no son una fatalidad». ¡Imagínense ustedes, qué exageración, por cuatro manchas de mierda! Sin embargo, ningún valido osó partir de caza, ni a esquiar, ni a hablar de un quítame allá esos hilillos. Desde arriba, en el avión, el primer señorito no se atrevió a decir lo obvio: que las playas estaban esplendorosas; y allá fue con su brazo derecho ecológico. Pisaron las cagadas, hablaron con los súbditos y enviaron una brigada de tres aeroplanos, trece navegantes y ocho mecánicos para averiguar si los excrementos de marras proceden de algún navío hundido en aquellas aguas. Estos mandados ya habían examinado los desastres del Erika hace cuatro años: «Ahora es mucho más grave. En A Coruña vimos capas de 500 metros de largo y 300 de ancho, de 50 centímetros de espesor, lo que nunca se ha visto en Bretaña». Y todos confirman que no se puede comparar lo que viven los galaicos con lo que acaso pueda suceder en las costas francesas. «Allí -añaden los observadores- se puede realmente hablar de marea negra, pero aquí, por el momento nos parece exagerado». Pero son tan previsores estos cartesianos, que su jefe decidió otorgar cincuenta millones de euros a los territorios que eventualmente pueden estar un día realmente afectados por la porquería. Se han cerrado las playas, no se vayan a manchar los bañistas, y se exigen uniformes adecuados para los voluntarios que se dispongan a limpiar. ¡Qué egoístas, esos burgueses!, cuando es mucho más distinguido irse a la nieve o de caza con los magnates del elegante vestir; dejar que las cosas se arreglen por sí solas en lugar de tomar medidas onerosas y tal vez inútiles. «Francia y Europa no permitirán», dijo el primer hombre de este país. Es mucho comprometerse por otros. Habría que instituir dos clases de países en este continente que se empeñan en construir: los de vida alegre y despreocupada y otros más egoístas, donde se calcula hasta el número de gaviotas. Y colorín colorado, este cuento no se ha terminado.