A Laracha
Opinión
26 Jul 2002. Actualizado a las 07:00 h.
Que pongan en sus lápidas 1.600 centímetros cúbicos y dieciséis válvulas. Los coches no son máquinas de morir, pero cuando nos dejamos llevar por el vértigo de la velocidad se convierten en máquinas de matar. Sucedió en A Laracha, otra vez en la autopista a Carballo. ¿Cómo le pueden llamar autopista a ese trazado a brochazos, con curvas de arrepío , con giros que te centrifugan el alma y te dejan con el corazón en la boca? Cuando aparece el túnel de la niebla, conducir por esa vía es como dejar en suspenso tu futuro. Dice el superviviente del sábado en un relato trágico del compañero Eduardo Eiroa que «vin o que ía pasar, pero a 170 por hora non podes abrir a boca». La velocidad es un delito. En España es un clásico alardear de los trayectos en tiempo récord, comprar coches con tantos caballos que sólo se utilizan para cabalgar hacia la muerte. Se necesita más educación vial. Correr no es una virtud, es un defecto enorme. Quién no conoce algún caso cercano de víctima de la carretera. Los frenos cuando vas a 170 kilómetros por hora sólo sirven para registrar tus últimos pasos hacia la muerte. Esa autopista no es una autopista, pero los coches a esa velocidad cazan tumbas.